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Julio de la Rosa: más músico que hombre

Por Carmen Salvador 0

Julio de la Rosa es uno de los músicos más músicos que he tenido la suerte de ver en directo.

El pasado viernes 17 de enero, dentro del ciclo Live the Room, llegó el turno de Julio de la Rosa, que llegó a la sala Obbio con tan sólo su voz y una secuencia pendulante con tintes siniestros.

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Sin banda, y en muchas ocasiones, sin corriente eléctrica, Julio llenó la sala sevillana de miradas al suelo, risas, y asentimientos de cabeza. Incluso antes de que empezara el concierto ya se predecía qué iba a pasar esa noche: las entradas anticipadas se habían agotado y había que hacer cola para conseguir las de taquilla.

 

Luz morada y sonido ambiente penduleante. Julio de la Rosa, un micrófono, el escenario y nosotros. Su naturalidad al transmitir era tan natural que acojonaba a todo ente viviente. Hasta al que no sabía ni qué era la empatía. Es cierto que pocas veces consiguió que la gente coreara, aunque lo intentó, y sólo en estribillos reconocidos como Corazón lleno de escombros o La furia dentro pudo notarse que la gente no iba a dejarle sólo ante el precipicio.DSC08816

A pesar de estar presentando su último trabajo Pequeños trastornos sin importancia (2013), Julio de la Rosa nos sorprendió gratamente con una recopilación de temas de su carrera. No pudieron faltar Uno, Las Camareras o La Cama.

A lo largo del espectáculo fue haciendo una muestra sonora de cómo usar un pedal loop y dejar a la gente con la boca abierta con los instrumentos más simples y recursos más básicos. Llegando a utilizar como percusión una grabación del contacto del final del cable jack enchufado, así como, de base armónica los conjuntos de notas frotadas producidas por un instrumento parecido al koto. Lo mismo pasaba si el cable de la guitarra no le hacía buen contacto, que directamente los arrojaba lejos de él.

Apretando más en su último disco, como era evidente, se dejó atrás canciones como El anzuelo o Violines de noche. Aunque creó grandes momentos como Sexy Sexy Sexy o Gigante.

Momento clave a resaltar del concierto fue la interpretación de Kill the mosquito, que sin timidez o inseguridad alguna hizo a reír a los casi doscientos que andábamos con tan sólo contar una historia. Arte se llama. En ambos sentidos.

Julio se queda a gusto una noche más viendo cómo coreamos ”Y si escuece que te jodan” con más ganas que el que se rasca. Y con Maldiciones Comunes cierra la velada de lo que será uno de los mejores conciertos del año para la lista de los que estuvimos allí, y eso que sólo estamos en enero.

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