Crónica del WARM UP Estrella de Levante 2026: y al fin se pudo caminar

Por yerman 0

El WARM UP Estrella de Levante cerró su edición de este 2026 con cifra grande: 52.000 personas, dos días, tres escenarios y medio, y La Fica funcionando otra vez como esa ciudad paralela donde Murcia se llena de pulseras, vasos, horarios cruzados, selfies y gente intentando encontrarse en mitad del ruido.

Pero más allá del número, este año hubo algo que para mí pesa casi más: el festival se pudo caminar. Lo digo como bicho raro de primera hora. De esos que llegan pronto, cuando aún no hay épica ni pasarelas, solo puertas, pulseras, calor, nervios y primeras bandas tocando para quienes todavía creemos que un festival empieza desde el minuto uno. Durante años, uno de los males endémicos del WARM UP fueron las colas: recogida de pulseras, acceso lento, tapones iniciales y esa impotencia absurda de escuchar cómo empieza la primera banda mientras tú sigues fuera, clavado en una fila con mirada de incredulidad. Este año, por fin, eso no pasó. La entrada fue ágil y la organización corrigió uno de sus pecados históricos. Y cuando algo mejora, hay que decirlo.

AMORE

También sonó muy bien. El sonido de los escenarios estuvo a gran altura: limpio, potente, equilibrado. Y los horarios se cumplieron con una puntualidad casi sospechosa. Cada concierto empezó cuando debía empezar y terminó cuando debía terminar. Parece básico, pero en un festival lo básico, cuando funciona, genera hasta incertidumbre.

La comodidad general también fue mejor que otros años. No vi grandes aglomeraciones ni esos embudos humanos donde uno avanza por fe, sudor y resignación. No sé si hubo menos gente, si el cartel estuvo mejor distribuido o si simplemente se afinaron mejor los flujos, pero en ningún momento me sentí encajonado ni cabreado por no poder moverme. Y eso, en un festival de este tamaño, no es poca cosa.

Los baños estuvieron bastante mejor resueltos. Sin aquellas colas eternas que convertían una necesidad humana elemental en una prueba de resistencia psicológica. La restauración, en cambio, cumplió sin brillar: correcta, funcional, suficiente a ratos. Los precios siguen siendo otra historia. Que un tercio de cerveza cueste 5 euros será ya el estándar festivalero, pero que algo sea habitual no significa que sea razonable. También son habituales las contracturas y no por eso las celebramos.

El cartel mantuvo la línea de los últimos años: indie amable, indie domesticado, nombres internacionales, electrónica de cierre, nostalgia, fiesta y alguna rareza bien colocada para que quienes todavía buscamos algo de filo no acabemos abrazados a un vaso preguntándonos cuándo nos hicimos mayores mientras damos algún que otro like.

Ahí sigue teniendo mucho sentido el escenario Ballantine’s, ese rincón a la entrada, a la izquierda, que para algunos se ha convertido casi en una pequeña patria. No pasan por allí los nombres grandes, ni el grupo que todo el mundo quiere subir a stories, pero muchas veces aparece lo más interesante: bandas menos obvias, propuestas más raras, conciertos que no vienen tan mascados. Para quienes no somos exactamente del indie de manos arriba, felicidad plastificada y carne de karaoke, ese escenario funciona como el bolsillo secreto del festival.

En lo musical…

El viernes dejó una jornada más variada de lo que podía parecer a simple vista. Ginebras cumplieron con su papel de celebración inmediata: canciones directas, actitud expansiva y ese punto de banda que sabe perfectamente dónde está y qué espera una parte del público de ellas. No era el concierto para buscar aristas, pero sí para levantar la tarde con oficio y buen pulso en esa tan difícil hora tempranera

En el otro extremo, AMORE y Biznaga dieron sentido a esa parte menos complaciente del cartel. AMORE tuvo ese punto extraño, entre lo pop, lo torcido, lo generacional y el brillante hechizo de la elegancia desinhibida de María. Biznaga, por su parte, fueron electricidad seca, nervio y cuchillo. Hay canciones que entran mejor con algo de mala leche.

James

James fueron el gran momento del viernes. Llegaban como incorporación in extremis, con la papeleta rara de ocupar el hueco de The Kooks, y acabaron firmando el concierto más sólido de la jornada. No fue solo cuestión de repertorio, sino de presencia, sonido y oficio. Una banda enorme haciendo de banda enorme, sin necesidad de confeti (gracias). Tim Booth puso cuerpo, cercanía y carisma, y el concierto tuvo ese punto de regalo inesperado que a veces salva una jornada.

Afortunadamente pude ver algo de AKRIILA, y fue la sorpresa. Actuación incendiaria, visceral y delirante. Todo un cúmulo de electricidad incómoda disparada a bocajarro, sin avisar y mucho menos sin pedir perdón: rara, intensa, con personalidad y una forma de ocupar el escenario diseñada para no agradar, al contrario, para incomodar, y enamorar. No todo el mundo conectaría con aquello, seguramente, pero precisamente ahí estaba parte de su gracia. En un cartel con bastante zona cómoda, AKRIILA sonó como una interferencia caída del cielo.

Y VVV [Trippin’you] cerraron mi viernes llevándolo hacia otro sitio: más oscuro, más sudado, más de madrugada. Su mezcla de electrónica, ruido, pulsión de club desgarro y voz de ultratumba encajó muy bien con esa parte del festival que no busca tanto la canción coreable como el golpe físico. Después de una jornada de bastante sugar indie, siempre viene bien que alguien apague un poco la luz y suba la temperatura por otro lado.

El sábado fue, sobre todo, el día en que el WARM UP enseñó mejor sus dos caras: la del nombre grande y la del escenario refugio. Y conviene decirlo claro: con los solapes que hay en un festival, nadie lo ve todo. O al menos nadie con un solo cuerpo. Así que hablo desde ahí, desde lo que pude ver, cruzar, y fotografiar.

Repion fueron una de las primeras sacudidas serias de la jornada. Guitarras, nervio y esa sensación de banda que no estaba rellenando horario, sino aprovechándolo como si le fuera algo importante en ello. En una tarde donde todavía cuesta que el recinto termine de despertar, ellas salieron con una energía muy de agradecer. Sin fuegos artificiales. Canciones, riffs y saliva.

Las Petunias encajaron muy bien en ese territorio del Ballantine’s donde el festival se permite despeinarse un poco. Punk-rock directo, frescura sucia, y un escenario que al final terminó abarrotado, fue una sorpresa ver como el público iba llegando hechizado por esa mezcla entre saltarina y energética con buenas melodías y una actitud sobre el escenario muy muy digna.

Bloc Party

Bloc Party eran uno de los puntos delicados del día. Por historia, por peso generacional y porque hay canciones que uno no escucha solo con los oídos, sino también con todo lo que fue cuando las escuchó por primera vez. Y ahí el concierto tuvo ese punto inevitable de reencuentro con una parte de tu pasado. Cuando aparecen ciertos temas, el cuerpo responde antes que la cabeza. Pero también hubo algo irregular, algo de banda peleándose con su propio mito, con la expectativa y con el paso del tiempo. No fue un desastre. Pero tampoco fue esa apisonadora emocional de otras épocas.

Deadletter fueron otra historia. Ahí sí apareció esa pulsión de banda joven que llega sin complejos, sin pedir permiso y sin cargar con demasiada nostalgia. Post-punk con tensión, saxofón, nervio británico y una forma de vivir el escenario que justificaba moverse hacia la letra pequeña del cartel. Zac Lawrence, vocalista, convertido en una especie de Ian Curtis 2.0, recorriendo sin parpadear el escenario como un animal enjaulado, recitando, gritando y de vez en cuando cantando, aun así les faltó un punto, un pequeño punch para salir triunfadores de la noche.

Y bueno, abran paso para Viva Belgrado. Para mí, el concierto del sábado. Lo suyo fue menos postal y más herida. Menos festival como escaparate y más directo como descarga física (y psíquica). En una edición especialmente cómoda, ordenada y disfrutable, se agradece que aparezca una banda capaz de romper la superficie y dejar algo ardiendo por debajo. Viva Belgrado no se limitaron a tocar y poner la mano; allí llegaron a escupir tormenta y dolor, fuego y locura, una actuación de catarsis intensa y visceral que te voltea, te destruye y al final, solo al final, te salva.

Conclusiones

La conclusión en general del festival ha sido muy buena, siguen existiendo errores, lagunas, puntos conflictivos por solucionar como la zona de restauración, inclusión de zonas amplias de descanso, la muchedumbre inmóvil que tapona la parte del escenario central. Pero aun así, este año me fui con una satisfacción distinta. No solo la de haber disfrutado dos días de conciertos, fotos, carreras entre escenarios y pies destrozados. Hablo de la sensación de quien ha asistido a casi todas las ediciones, ha visto crecer este festival, ha visto cómo se hacía grande, cómo se torcía, cómo se complicaba y cómo incluso llegó a parecer que podía perder pie.

Los festivales también envejecen. Algunos lo hacen mal: se hinchan, se vuelven incómodos, pierden gracia o acaban convertidos en una franquicia con norias. Este año, en cambio, el WARM UP me dio la sensación contraria: la de estar ante un festival más maduro, más asentado y, sobre todo, más disfrutable. No perfecto, desde luego. Pero sí vivo. Y después de tantos años, tantos cambios y tantas incertidumbres, eso produce una alegría íntima que al fin y al cabo te hacen volver a casa con una ligera sonrisa de felicidad.

El balance es claro: el WARM UP 2026 fue una edición sólida, cómoda y bien resuelta. No solo por el cartel ni por la cifra final, sino porque este año el festival pareció entender algo básico: crecer no consiste solo en meter más gente, sino en hacer que esa gente no tenga que pelearse con el propio festival para disfrutarlo.

Y eso, desde el suelo, con una cámara al cuello, los pies molidos y la sensación de ser uno más entre miles, se agradece mucho.

Gracias, WARM.

Mejor concierto del viernes: James
Mejor concierto del sábado: Viva Belgrado
Sorpresa: AKRIILA
Revelación sábado: Deadletter
Mejor refugio: escenario Ballantine’s
Mejor momento de guion: la incorporación in extremis de James.

Galería del WARM UP Estrella de Levante 2026