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Marissa Nadler, la ilusión perdida

Por Jose Eduardo Medina 0

Marissa Nadler / José Eduardo Medina

Marissa Nadler volvió a Barcelona para presentar July (Bella Union, 2014), sexto y último álbum en la discografía de la cantautora norteamericana. La sala 2 de Apolo sería el lugar escogido por Cloudy Dog para un recital de composición intimista, buscado paralelismo entre el espacio y las letras de una joven donde donde bajo la onírica estética quedan retratados anhelos y temores compartidos por todos.

Marissa Nadler / José Eduardo Medina
Marissa Nadler / José Eduardo Medina

Un auditorio de sillas desplegadas recibía al público que, en continuo goteo, se acercó hasta el Parallel y acabó completando la improvisada platea. Bajó la música ambiente y se iluminó el escenario donde apenas se distinguían dos siluetas atravesando las negras cortinas. Marissa llegó acompañada de Janel Leppin, cuyos cello y voz encajan con precisión y son el único añadido a las últimas composiciones de la joven de Massachusetts, ensemble femenino sobre el cual se cimenta un folk oscuro e íntimo que hacía cada vez más denso el ambiente interior.

Con la guitarra colgada al cuello y mirada perdida, las canciones iban cayendo sobre los oyentes como una lluvia de anhelos, encadenando cortas historias donde la ausencia se convierte en hilo conducto de la narración en primera persona. Las letras de la americana no necesitan más de un par de versos para describir esa sensación de vacío que nos sorprende, dejándonos fugazmente absortos, en cualquier momento cotidiano. Utilizando la desazón como detonante, es un punto de partida helado, frío como la luz azul que reflejaba la pulida superficie de sus guitarras, para la puesta en marcha de una maquinaria capaz de distorsionar lo real con la ficción.

Marissa Nadler / José Eduardo Medina
Marissa Nadler / José Eduardo Medina

El directo, apoyado en las cuerdas de Leppin y las guitarras de Nadler, transcurría según el guión previsto. En el centro del escenario, la chica americana aprovechaba el cambio de instrumento para retroceder y buscar la mirada cómplice de Janel. Una mezcla entre timidez y ternura intentando rehuir el protagonismo de quien decide desnudarse lentamente, desprendiéndose de prendas emocionales en cada canción. Así terminó una primera parte dedicada exclusivamente a sus últimas composiciones, dejando suspendido en el ambiente un halo de misterio que ronda esas historias donde no logramos localizar donde termina lo aparentemente real y comienza una onírica subjetividad.

Una vez perdidos en este juego de equívocos, había logrado hacer vívido el mismo desconcierto que sentimos al escuchar cualquiera de sus discos, y en él nos adentramos mientras ella se acercaba a sus obras previas. The Wrecking Ball Company, apertura de The Sister (Box of cedar, 2012), fue el inició de una nueva travesía cuyo final sería en exceso precipitado. Se intuyó un viraje en el ritmo cuando dejó a un lado la guitarra para lanzarse ante el micro con el único acompañamiento del teclado de Leppin. A partir de ahí, la composición de lugar sufrió un cambio, y el tempo de tensa calma, a la espera del suceso inesperado, se tornó en aceleración para alcanzar la meta.

Marissa Nadler / José Eduardo Medina
Marissa Nadler / José Eduardo Medina

Las prisas pudieron en el último tramo del concierto y fue un inesperado contratiempo que hizo desvanecerse en un instante la ilusión lograda. Sin conocer el motivo, parecía que la joven americana había perdido la complicidad con el escenario y buscaba el camino más rápido hacia la salida. Para la despedida reservó The Sun Always Reminds Me Of You, una vía de escape a terrenos menos opacos frente a sus últimas temáticas, recorrida con ese gusto agridulce de quien deja atrás un placentero sueño después de un brusco despertar.

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