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Sónar 2015, el cerebro de la electrónica

Por Jose Eduardo Medina 0

Koreless + Emmanuel Biard: The Well @Sónar2015 / Ariel Martini

Agotando tres días con más de 150 actuaciones programadas, la última edición de Sónar Barcelona 2015 cerró sus puertas convertida en hito principal de una programación que seguirá activa hasta volver a la capital catalana el próximo año. Girando por siete países — según orden de fechas, Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Islandia, Dinamarca y Suecia —, la muestra audiovisual amplía una red que la convierte en expositor global de primer orden para los lazos entre sonido e imagen.

La etimología de la palabra Sónar hace referencia a sus orígenes: inicio vinculado al puro acto de ocio, entendido éste como disfrute de la música electrónica en directo. Aunque la identidad del festival conserva su devoción por la fiesta, otras acepciones del término suman ahora zonas de intersección donde lo audiovisual se cruza con la tecnología, la empresa o el arte. Variables que llegan integradas plenamente en el programa de la última edición, cumpliendo así las expectativas de sus promotores cuando decidieron trasladar la franja diurna al recinto de Fira Montjuic y, ahora, encajan como piezas de una esfera capaz de sumergir al participante en todas las fases del proceso creativo: génesis, edición y consumo final del producto. Dando libertad plena para elegir camino y, superando la barrera del espectador, uno puede manipular las entrañas de una placa de Arduino con el mismo tesón que otro sincroniza su agenda con el dealer de confianza. Terreno sorprendente capaz de reunir en escasos metros al exhibicionista cachas del gimnasio, untado a partes iguales en sudor y aceite, la rojiza fémina extranjera con una líbido a la misma temperatura que su piel o el nerd incapaz de procesar tanta carne al aire fuera de una pantalla.

Sónar +D @Sónar2015 / Mariano Herrera
Sónar +D @Sónar2015 / Mariano Herrera

No se preocupen por los problemas de convivencia porque cada grupo se mantiene fiel a su hábitat. La vigorexia ha declarado su reino entre las carpas del escenario Village y no puedo pensar un mejor fondo que su césped sintético para esa amalgama de cuerpos inflados por los esteroides y la silicona, una oda al plástico que podría ilustrar la propaganda del gimnasio más cercano o una edición Matinée del debut de Curve. En la pradera se vive la versión más salvaje del festival, primitiva al nivel de unos rituales de apareamiento que merecerían aparecer en cualquier tratado sobre Prehistoria. Optimizar el vestuario para sacar el máximo posible de área epidérmica al exterior, la cual agitar al sobrehumano ritmo que da el speed, parece ser una pauta de comportamiento común entre sus habitantes, asiduos al ritual de dar rienda suelta a la carnaza e inspeccionar táctilmente la mercancía. Muchedumbre de movimiento espasmódico entre la que corrió como la pólvora el turgente ritmo de Bomba Estéreo, ardor de arrabal colombiano al que palpitaba más de una entrepierna sumergida en aquella amalgama de carne. La masa había tornado por entonces en un ente colectivo con el juicio de una bacante, bajando el pulgar ante Owen Pallett al ser incapaz de satisfacer sus bajos impulsos, el pop naíf de violín y gorgorito fue sentenciado en los terrenos del bronceador y la nandrolona.

Bomba estéreo @Sónar2015 / Ariel Martini
Bomba estéreo @Sónar2015 / Ariel Martini

Alejados del acalorado ambiente exterior, el Sónar muta al igual que su extensa programación y acoge razas que serían incapaces de arriesgar sus blanquecinos pellejos a la radiación ultravioleta. Extraños seres se mueven en el extremo opuesto; cabezas al cero, muestrario de material de escritorio en incontables perforaciones, troquelados corporales y dilataciones imposibles son denominador común en sus entrañas oscuras. Un catálogo de estilo cortado a medida para montajes como el de Sebastian Gainsborough. El británico continúa explorando los excesos con su proyecto Vessel y el lienzo que presidió su actuación se convirtió en una puerta abierta a la pornografía de serie Z, metraje recopilado en ese archivo de parafilias global llamado Internet, con especial cariño por los cuerpos deformes y las actitudes lascivas, hasta rozar lo cómico mientras un señor melenudo lamía con insistencia un martillo. Lástima que no contara con la colaboración de la pródiga estadounidense que gusta de sacar su lengua para saborear los objetos más insospechados, hubiera sido el b2b perfecto para competir con su torso sin camiseta agitándose sobre la mesa de mezcla al mismo ritmo que regurgita un adolescente en Magaluf.

Público Sónar día @Sónar2015 / Fernando Schalaepfer
Público Sónar día @Sónar2015 / Fernando Schalaepfer

Podríamos hablar de esa tendencia peligrosamente al alza dedicada a explorar los límites corporales. Y no me refiero a aquellos que compiten, conscientes o no, por batir el record de horas despiertos o a quienes se dedican a ampliar sus pupilas hasta alcanzar diámetros sobrehumanos, no, el problema es la novedosa obsesión por el volumen corporal y la llegada de la enfermedad del ciclado a la zona nalgar, utilizando el vocabulario de Rigo Pex. Una moda incontrolada que empezó con un bizarro, entiéndase desmesurado, vídeo de Major Lazer y a Kim Kardashian se le ha escapado de las manos y de la órbita terrestre. Sus glúteos parecían contonearse a escala XL en los fondos del escenario SonarHall, con un trasero amenazante del que podría nacer el Apocalipsis en paralelo al retrato del el origen del mundo pintado por Courbet. Dudando si sería seguro situarse cerca de esas amenazantes cachas, el ser era eje central para las proyecciones de Jesse Kanda. El videoartista londinense parece mantener una fijación compulsiva con el sobrepeso, no sabemos si por traumas adolescentes o preferencias en la intimidad, pero cual sumidero de una clínica estética, litros de grasa se desparramaban en forma de desmesurados michelines en la pantalla. Mórbido paisaje para un callejero Arca, nombre en clave del productor venezolano Alejandro Ghersi, quien vestido con un ajustado corsé se paseó entre el público a gritos, retorciéndose cual base de su producción Xen (Mute, 2014).

Arca / Ariel Martini
Arca / Ariel Martini

Esta sensualidad de lo extraño, muy alejada de aquellos que buscan en el Sónar una fiesta Circuit, tuvo de referente a Tahliah Debrett Barnett. Es habitual ver a la voz de FKA Twigs usar el cuerpo como agente provocador igual de crudo que sus letras, la recordamos anudada y suspendida de su propia melena en el vídeo de Pendulum, línea estructural del directo ofrecido a la noche de Barcelona, donde las cuerdas vocales compitieron con sus articulaciones por tensarse hasta el extremo. Apuesta arriesgada por el contorsionismo, aunque nada comparable a las poses vistas en su primera fila. GoPro y palos de selfie en mano, la masa posaba para ofrecer el mejor perfil a sus cámaras que a duras penas registrarán un conjunto de manchas con calidad similar a un concierto de Pablo Alborán. Al igual que otras parcelas de nuestra sociedad contemporánea, ésta es un más en la que hemos fracasado, y no me refiero a Pablo Alborán, que podría ser, sino a la adhesión incondicional del público de festivales al burdo narcisismo de la autofoto y la estúpida rutina del prosumidor. Legiones al servicio de Facebook, Twitter, Vine o Instagram levantan su armamento en las primeras filas; destellos de color azul frigorífico, pantallas craqueladas por doquier o una fantasía de Hello Kittys, banderas jamaicanas y hojas de cannabis en combinaciones imposibles son sus picas de lanza. Colocadas en posición enhiesta, esta topografía emergente convertirá a tus ojos en el rival más débil.

A$AP Rocky @Sónar2015 / Fernando Schlaepfer
A$AP Rocky @Sónar2015 / Fernando Schlaepfer

Porque para ser alguien en las redes sociales, junto a tus piernas sobre la arena o la imagen teñida de arcoiris, incluso puedes combinar ambas si te sientes suficientemente creativo, debe aparecer la instantánea de tu último festival. Aunque pienses que serás el rey de los likes esa noche, la mañana siguiente te preguntarás porque no activaste el modo avión a tiempo. La tentación es grande, ¿quién no caería en ella rodeado por el confeti de A$AP Rocky o ante el robótico concierto de Chemical Brothers? El neoyorquino programó un espectáculo al más puro estilo americano: disparadores de humo, lluvia de papelillos, videoproyecciones y una crew de apoyo a sus rimas, burbuja de efectos que se desinfló lastrada por pausas y huecos en blanco que redujeron el flow al mínimo. Justo ocurrió lo contrario con otros dos montajes de gran escala. The Chemical Brothers volvían para presentar nuevo espectáculo, en una sesión doble que inauguraba el festival y cerraba el prime time del sábado noche. El guión de los británicos fue pisar el acelerador desde el inicio, sin pausas cayó el armazón eléctrico apoyado en un montaje de pantallas, autómatas robóticos, hologramas láser y sobre todo un sonido envolvente que rodeó al público desde el Hey Boys, Hey Girls usado de golpe certero para abrir el show. Maestros de la pista de baile, saben que ceder un metro puede suponer la caída al vacío, así que no hubo dudas, titubeos o disonancias en un sólido bloque de beats bailables entre los que nuestros pies apenas tocaron el suelo.

The Chemical Brothers @Sónar2015 / Ariel Martini
The Chemical Brothers @Sónar2015 / Ariel Martini

Si el primer derechazo fue a la mejilla, el siguiente iría directo al esternón. Die Antwoord — la respuesta en Afrikaans — ha dejado claro que ya no son una incógnita. Aunque mantienen el recurso estético del zef, dialecto de suburbio sudafricano, su audiencia ya no es minoritaria y la personalidad agresiva, por momentos amenazante, otros desconcertante y hasta ingenua e infantil de MC Ninja (Watkin Tudor Jones), Yo-Landi Vi$$er y DJ Hi-Tek es una imagen de marca a la que su público se ha vuelto adicto. Agitado por la voz estridente, las bases sucias y el aura marginal que les rodea, un magma humano hervía a sus pies mientras se disparaba la humedad y la temperatura, olla a presión capaz de hacer real la angustia que venden con su imagen. No era la única apuesta por los ambientes marginales, llegados de la corona metropolitana barcelonesa, el trio D. Gómez, Young Beef y Khaled (PXXR GVNG) comparte rasgos con el inicio de los sudafricanos; caras de pocos amigos, jerga propia, mismo gusto por la exclusión social y, sumado a todo, una hiperactividad decidida a bombardear continuamente las plataformas streaming con material espontáneo. Fórmula llena de incógnitas que en directo plantó cara aprovechando las ventajas del contexto. El ambiente alrededor de una pista de autos de choque bien entrada la madrugada es menos exigente para la música y más para el espectáculo, con esa baza jugaron los programadores y la banda, que arropada por las chicas del polígono, decidió hacer lo que mejor saben, chulear. Se vio roneo sobre el escenario, todo tipo de tocamientos, movimientos iluminados por los reflejos del oro en anillos y cadenas, bocas de cristal y alcohol sobre el cemento al que se lanzaron marcando territorio, entre un paisaje de luces de neón y sirenas de atracción de feria.

Die Antwoord @Sónar2015 / Ariel Martini
Die Antwoord @Sónar2015 / Ariel Martini

La pista SonarCar es un lugar peculiar en la jornada nocturna, un foro abierto a la electrónica menuda, de andar por casa, autoproducida y casi podríamos decir artesanal, también es el lugar para la ironía crítica, el sarcasmo y los comentarios jocosos. Dejando atrás la responsabilidad de mantener con vida un gran escenario, la única petición de la turba con la adrenalina por las nubes tras sus cinco minutos de golpes en los carros eléctricos es que sigan sacudiéndola con la misma violencia. Cometido encargado a tres nombres de la electrónica nacional con pocos miramientos a la hora de ponerse al mando de una mesa de mezclas. Abría la veda D.J. Detweiller. De identidad desconocida, sus sones de flauta o flute-drop — nombre dado por él mismo a ese sonido que a muchos acompañó en la escuela primaria  — asaltaban a WHAM o Rudimmental en los momentos más inesperados dentro de su cuenta de soundcloud. Cerrada aquella etapa, la sesión presentada decidió licuar sin contemplaciones residuos pop a diferente velocidad, progresiones trance, catálogos de tonos móviles con estribillos escuchados a lo largo del festival, todo aderezado con una proyección donde las herramientas del paint superponían a Novita, Doraemon y Peppa Pig con FKA Twigs, The Chemical Brother o Die Antwoord. A él le seguiría ¥€$Ø, dúo anónimo cuya mezcla de símbolos monetarios con la nomenclatura de un mineral es la mejor presentación para su extravagante combinación  cargada de hooks en bucle. Sin embargo, la corona de la madrugada sería para Rigo Pex, conocido por su alias más bailongo: Meneo.

Público Sónar noche @Sónar2015 / Ariel Martini
Público Sónar noche @Sónar2015 / Ariel Martini

El guatemalteco, a quien nadie creería si tras una de sus actuaciones dijera que es musicólogo y se inició en la electrónica explorando los sonidos locales de su país, disparó su popularidad manejando los circuitos de una vieja GameBoy con la misma velocidad a la que se desprendía de la ropa cada vez que subía al escenario. Rutina que le hizo sentirse como pez en el agua dentro de la franja horaria más bestia del Sónar, apoyado por una trama de sonidos de 8-bits mezclada a ritmo de reggaeton, mambo o cumbia, marcando los tiempos para que otros recorrieran sus partes predilectas del cuerpo. No faltaron las nalgas, la raja y la puntita, aunque agotando el tiempo no pudo mostrar las suyas sobre el escenario, sí asistimos a todo un muestrario de redondos y pixelados traseros que combatían, en singular arcade retroproyectado, contra el láser moralizador del Papa Francisco y el Estado Vaticano. Trío de formatos en clave satírica que dan testimonio de que el humor ácido es un subgénero con la misma dignidad que otros dentro de la cada vez más amplia familia del mix electrónico.

El niño de Elche y Los Voluble @ Sónar2015 / Ariel Martini
El niño de Elche y Los Voluble @ Sónar2015 / Ariel Martini

Porque en la vida dentro del Sónar todo es relativo y Ada Colau puede descansar una tarde jugando al futbolín mientras el Niño de Elche y Holly Herndon se posicionan por unas horas en la vanguardia del cambio barcelonés. El cantaor llegaba acompañado de Pedro y Benito Jiménez, Los Voluble, Pablo Peña, bajista de Pony Bravo y líder del proyecto Fiera, y Raúl Cantizano, guitarra habitual del ilicitano y punto de apoyo para su línea menos ortodoxa. Expectación antes de entrar a un auditorio donde apenas quedaban huecos. El flamenco aparecía por primera vez en los dominios del Sónar, pero, ¿qué podía esperar de él un público constantemente ávido de novedad, cuya seducción por el hype suele obedecer a la última moda más que a una búsqueda de calidad? ¿Agitaría realmente el abrasivo discurso político en un medio donde lo habitual es ser benevolente con la conciencia del espectador? A quien se haya cruzado alguna vez con Francisco Contreras sobre un escenario no le cabría la menor duda de su éxito en estas nuevas y avanzadas tablas y así ocurrió. La voz se modulaba desde el quejío al grito, limpia y comprensible en la declamación y turbia y visceral en el ruido gutural, insertada en un paisaje sonoro acelerado y agresivo, cuyo movimiento al compás del palo verdial se deshumanizaba a medida que las palmas y la guitarra eran cercenadas por el sintetizador, la caja de ritmos y una línea eléctrica cercana al kraut industrial y a la virulencia de la primitiva cultura rave. Puñal de color clavel hendido hasta el corazón con la acritud del desahuciado, el sin techo, el enfermo — ‘… la calle Sierpes, unos cogen la sífilis, otros las herpes…‘ —, delante de una pantalla que reproducía con la obsoleta textura del VHS los fastos del 92, desde Sevilla a Barcelona.

Holly Herndon @Sónar2015 / Ariel Martini
Holly Herndon @Sónar2015 / Ariel Martini

Expresión alejada del contexto local la ejecutada por Holly Herndon, aunque fue una más del grupo que recurrió a la imagen de la recién nombrada alcaldesa, situándola esta vez habitando los escenarios artificiales que ampliaban virtualmente la trasera de la escena mientras eran manipulados en tiempo real por Akihiko Taniguchi. Un método de composición complejo el de la americana, decidida en sus grabaciones a no camuflar lo imprevisible e incorporarlo como una entrada más del proceso, planteó una actuación fiel a sus principios, abriendo un chat directo a través de una línea de WhatsApp con el patio de butacas. ¿Qué hay más imprevisible que el público de un festival? Por la ventana de conversación pasaron desde preguntas íntimas — ‘¿eres lesbiana? ‘ —, comentarios escépticos  — ‘¿vas a hacernos bailar? ‘ —, dudas éticas — ‘¿es lícito divertirse mientras hay otros que sufren? ‘ — o conatos de rebelión  — ‘¿por qué tenemos que estar sentados? ‘ — y todas fueron solventadas desde el teclado durante los interludios. Herndon no abandonó la frontal de su ordenador, dedicada a la grabación y distorsión de la voz y a la construcción de bases con el registro de errores de un sistema informático, cediendo la primera línea a Colin Self. Su colaborador habitual no sólo se mantiene activo superponiendo capas de sonido a la mezcla, a diferencia de las sesiones de estudio, en directo utiliza su cuerpo para dar soporte vital y fuente de calor a un mensaje que habla de vulnerabilidades y dudas pero también de una fuerza común capaz de conseguir levantar a todas las butacas del auditorio.

Flying Lotus @Sónar2015 / Ariel Martini
Flying Lotus @Sónar2015 / Ariel Martini

La edición de 2015 ha mostrado un Sónar complejo, decidido a ser soporte para la facción menos habitual de un mundo que a gran escala recibe las etiquetas de superficial y despreocupado, adjetivos que acompañan el imaginario popular cuando se habla de la producción musical y, en particular, cuando ésta hace uso de samples, beats, loops y todo el catálogo de efectos que aportan herramientas eléctricas y digitales. Visión opuesta a la oscuridad táctil conseguida para el regreso de los experimentales Autechre o el mausoleo cúbico de transparente metacrilato donde se hizo tangible la muerte, ¡aún no puedes alcanzarme!, convertida en jefe final de videojuego por Flying Lotus y Shintaro Kago, pinceladas, todas ellas, que dibujan la extrema lucidez presente del género.

 

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