Crónica de Fiera, diola y Fuckaine en Madrid (2º Causalidad Circular en Moby Dick)

Por Ana Rguez. Borrego 0

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Los caminos de la experimentación sonora son inabarcables

¿Qué debemos entender por una “Causalidad Circular“? Los organizadores de este festival hablan de un universo en el que las piezas encajan y se influyen. Después de esta segunda cita, te quedas pensando en ello. ¿Hay un consecución de experiencias rítmicas en la selección de los grupos? ¿Son evoluciones concéntricas sobre las posibilidades de la distorsión?

Sea como sea, las sensaciones del sábado por la noche, al terminar los conciertos en la Moby Dick, no podían ser más satisfactorias. Daban ganas de fumarse el cigarrito de después. Tres visiones de la música, de entender y enfocar el rock y el pop, con personalidad propia, que no se repiten y que no desentonan ninguna respecto de las otras.

¿Por dónde debía comenzar la noche? Probablente la fiesta pura y dura era la mejor elección y nadie mejor que Fuckaine. Es complicado no relacionar esa idea con este grupo madrileño. Cuando escuchas sus discos, sobre todo el Pizza Valentine (Industrias Bala, 2016), piensas “ah, son divertidos”. Pero esa apreciación se queda corta cuando los ves en su salsa, en directo. Los observas y sabes que es divertido lo que están haciendo por la cara de felicidad que tienen cuando cacharrean con los pedales y los samplers.

Por si a alguien le queda alguna duda, Fran Meneses lo deja claro: no hay espacio que le quede grande. Acurrucado entre sus pedales, comenzó su progresión de ruiditos. Pero eso duró poco. Con los primeros sonidos tropicales se levantó y comenzó su exhibición interpretativa, llena de saltos y movimientos imposibles, que pone a prueba su resistencia aeróbica. Quizás el escenario de la Moby se le quedaba pequeño: nada que no solucionara las primeras filas del público, a las que saltó durante unos minutos.

La guitarra frenó ese frenesí, pero solo en ese aspecto. El repertorio de Fuckaine es una montaña rusa de referencias sonoras que siempre demuestra su gusto por la experimentación. Y consiguen un resultado más que satisfactorio por una sencilla razón: no tienen pudor alguno. Hay mucha cabeza detrás de esa fachada de divertimento.

diola fueron los siguientes en demostrar que los caminos de la experimentación son inabarcables. Los que fueran parte de Unicornibot son unos verdaderos exploradores de la espiral sonora. Son de esos grupos que te dejan pensando sobre cómo solo tres personas pueden montar ese compacto musical, una especie de alud que te lleva y aceptas con gusto. Y eso no lo decides en la tercera o cuarta canción. Qué va. En el primer minuto te gritas a ti misma “¡oh, cielos, cómo mola!”.

Una base rítmica contundente, sintetizadores, samplers chanantes como el del rap de “Saber y Ganar”… Desde otro enfoque ellos también dejan claro que han venido a pasárselo bien. Su potencia en directo nunca deja de crecer. Es directamente a las gotas de sudor que les van cayendo a medida que les dan caña a los instrumentos. Tanta que en un momento dado se rompió una cuerda de la guitarra y continuaron exprimiendo sus posibilidades, sin perder la sonrisa. Eso ocurrió en “La Gozadera”, ese tema que se te graba y que te permite elegir, en tono sarcástico, entre ellos y la manida canción del verano, cuando algún osado te pregunte si te gusta.

Cuando terminaron nos quedó una idea clara: hay mucha “Galicia calidade” en la música y merecen una recepción y reconocimiento mayor. Probablemente no es propuesta para oídos facilones, pero sí que podrían tener muchos adeptos entre los curiosos. Su ímpetu arrollador son dignos de seguimiento.

Ya estábamos por todo lo alto. Era el turno del plato fuerte, del más arriesgado y exquisitamente incómodo. Fiera va más allá de los géneros. Lo suyo es el descarnamiento: dejan la música en la estructura, en los huesos, y sobre ella experimentan. Concentrados en sí mismos, se preparaban para esa experiencia-proceso visceral que son sus conciertos, Pablo Peña al bajo y Darío del Moral con las cajas de ritmos.

Tema a tema diseccionaban el ritmo por lindes poco habituales. Parece que lo descomponen en porciones insospechadas, con combinaciones sintéticas que rozan lo imposible. Su escucha no es sencilla, el esquema está para marearlo, no sabes qué esperar. Pero da igual: te enganchan. Las primeras filas se entregaban al baile, aunque se limitara al descoyuntamiento cervical. Una delicatessen que solo está al alcance de algunos virtuosos.

Preguntaron cuánto tiempo les quedaba y se lanzaron a interpretar el último tema, que rozaba la performance. Pablo dejaba el bajo y se convertía en un perverso recitador y maestro de ceremonias, que parecía cuestionar a los asistentes. Mientras tanto, Darío endurecía las posibilidades de las cajas, hacia ritmos electrónicos más contundentes. Poco a poco, el cierre del concierto se convirtió en una especie de rave, a la que nadie hizo ascos. Entregados e hipnotizados, aquella evolución no desentonaba con todo lo anterior. Y nos quedaba algo claro: la mitad de Pony Bravo son una suerte de magos del sonido. A finales de abril vuelven y te planteas seriamente pedir otra dosis de Fiera.

El resultado de esta noche de sábado fue tan redonda que es fácil preguntarse cómo será la próxima Causalidad Circular.

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