Crónica del concierto de Jupiter Lion en Madrid (Moby Dick)

Por Ana Rguez. Borrego 0

Presentaban su tercer disco, We Will Lose Gracefully (BCore Disc, 2018)

Febrero siempre es un mes repleto de conciertos. Tanto, que hay días que es complicado elegir a qué sala dirigirse. Sin embargo, el pasado jueves merecía la pena optar por Jupiter Lion: cuatro años esperando su vuelta era una buena razón. Y porque hay discos que según los escuchas sientes una imperiosa necesidad de disfrutarlos en directo. Presientes que es una pura experiencia, que va más allá.

Por si fuera poco, la noche tenía un interés añadido: El Grajo, que era el encargado de abrirla. Venía con muchos ingredientes para que hubiera una cierta expectación en torno a él: se trataba del nuevo proyecto de Marcos Rojas (Los Claveles), era el primer concierto con banda, tras varios en formato acústico, los músicos que le acompañaban (Álvaro García (Biznaga) al bajo, Fernando García (Alberto Azul) a la guitarra y Jesús Alonso (Leone) a la batería)… Por si fuera poco, “Que Te Mejores“, el adelanto del disco que publicará en primavera, es altamente adictivo.

Y no defraudó, por una cuestión de autenticidad. Un sonido y una lírica con personalidad, con algo diferente. Sí, es cierto que las canciones eran prácticamente una novedad para los que allí estábamos, pero a medida que las escuchabas ibas descubriendo su peculiar universo. Entre melancólico y decadente, disecciona las sensaciones sobre esos problemas que parece que se prefieren obviar. Todos guays, felices y triunfadores, parece que no tenemos permiso para tener momentos bajos. ¿Está mal la timidez, la querencia por la soledad, los desajustes psicológicos? Pero lo más interesante es que está lejos del victimismo: hay una cierta sorna para mirarse a uno mismo.

Quizás el sonido tiene algo que ver con esa retranca. Ni lánguido ni afilado, apuesta por un rock que parece recordarte a otros tiempos y lugares. Pero ni mucho menos es algo desactualizado, pues se lo apropia y lo dota de vida. Aunque choque, está dispuesto a atronarte. Alguien del público se acerca y le dice que suena demasiado alto. Con una mezcla de inocencia y diversión, afirma “mejor, ¿no?“. Sí, mejor, y queremos más.

Tras esta primera actuación, llegaba el turno de los protagonistas de la noche, Jupiter Lion. Es posible que a alguno le chocara el mezclar una y otra propuesta. Sí, puede que difiera el estilo, pero la forma de crear su sonido tiene mucho que ver. Es una cuestión de organicidad, de convertir la música en carne y hueso. La electrónica es mucho más que lo que sale de un ordenador. Puede serlo, puede superar la frialdad de un cacharro con las dimensiones de una carpeta. Porque ya existía mucho antes de la cotidianidad digital que vivimos ahora mismo. Puede que haya un cierto romanticismo a la hora de crearla con cajas, sintetizadores y un ritmo canónico, a base de batería y bajo, pero es el encanto de lo artesanal, de lo hecho a mano, poco a poco, hasta lograr un todo inconmensurable.

Cierto es que el sonido quiso trolearles en más de una ocasión. Además de un pitido sordo durante todo el concierto, que no logró hacerse protagonista, los sintetizadores de Sais no quisieron sonar al principio. Pero se quedaron en detalles sin importancia una vez empezaron y se confirmó lo que comentábamos al principio: que merece la pena verlos en directo. Son pura pasión, contagiosa. Les observas y pareces adentrarte aún más en el universo sonoro que están creando. Estamos acostumbrados a ver a José Guerrero demostrar su eficacia: da igual que sea Betunizer, Cuello, Rastrejo… el bajo era una extensión de él mismo. Fascinante. Pero no lo eran menos Gonzo in Vegas en la batería (embelesado con la contundencia y versatilidad de sus baquetazos) y Sais con todas sus “maquinitas” (la minuciosidad con la que maneja cada módulo es propia de un orfebre).

A medida que se sucedían las canciones crearon una especie de paisaje distópico, adictivo y algo desasosegante. Cuando terminó, parecía que salías de un trance o un sueño de golpe. “¿Pero ya?“. Fue poco más de una hora, que de primeras sabía a poco. Es tan espectacular que quieres seguir viéndolos. Sin embargo, pasado un tiempo entiendes que un concierto más largo puede ser algo demasiado intenso, rozando la densidad. Su capacidad de crear conceptos sonoros dura más de lo que piensas: una vez reposado, las sensaciones continúan.

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