Crónica del concierto de El Grajo y Amparito en Madrid (sala El Sol)

Por Ana Rguez. Borrego 0

Ambas propuestas presentaban sus primeros discos

¿Qué es más complicado en Madrid, la competencia de otras salas o el inicio de un puente? Un viernes siempre es complicado, pero yo apuesto por lo segundo: ya he presenciado más de un concierto que no se llenaba por el afán “veraneante”. Así que así nos encontrábamos la Sol el otro día, no tan llena como debiera: la presentación de los primeros disco de El Grajo y Amparito se merecía una mayor repercusión. Son dos proyectos que aunque se diferencian en estilo suscitan un cierto interés.

Dado que ambos presentaban disco, ¿cuál sería el primer grupo en salir? Amparito y su punk esencial: su ritmo acelerado, su forma de cantar, sus letras destroyer… Estas cuatro madrileñas no le dan muchas vueltas al género y van prácticamente a su origen, sobre el cual han desarrollado las diez canciones de Clara Oscuridad (Mont Ventoux, 2019). Aún recuerdo la primera vez que las vi que su directo no me terminó de convencer: fue hace casi un año y me pareció algo deslavazado, me sacaba del clima y me dispersaba. Se trata de un problema que se soluciona tocando, una y otra vez, afianzando sus mejores bazas y creando una sintonía que las convierta en una sola.

Hecho. De aquel entonces a ahora aprecié su capacidad para crear un bloque sonoro contundente con el que desarrollar un directo potente. Sin embargo, algo me falla: su capacidad de diferenciarse estilísticamente hablando. Me vinieron a la cabeza Undershakers, Juanita y los Feos… y me hacía pensar que qué tienen ellas que haga su estilo inconfundible. No lo sé. Algunos mencionan su fatalismo y su actitud airada, pero hasta para eso hay que desarrollar una mitología propia e identificable. Ni siquiera su intención de crear un momento “luminoso” me terminó de convencer: ya que decides hacer una versión de “I Am a Girlfriend” de Nobunny, se agradece que se le dé un giro que no sea simplemente traducirla.

El que no arriesga no gana: experimentación y riesgo es lo que les pido a Amparito. Estoy segura de que son capaces.

Todo lo contrario de lo que me ocurrió con El Grajo. Es cierto que yo llevaba una mayor predisposición hacia este concierto que hacia el otro. Ya cuando tocaron en la Moby Dick me convenció y, tras escuchar el disco, me encontré con una obra de tal complejidad que sé que me va a dar para muchas escuchas. Con todo, podía tener un problema: con tantas expectativas podría no volverme a sorprender, pero no fue así. No sé cuántas horas se habrán metido de ensayos pero se nota que apuestan a lo grande. Quizás en la Moby pecaron de prudentes al ser la primera vez, pero en esta ocasión optaron por un mayor volumen, con un sonido más denso y descarnado, alineado con los avatares que se describen en cada canción.

Su rock ha ganado capas en directo: da igual que sean los temas de corte más clásico, los más lentos o los que coquetean descaradamente con el rockabilly. Reinventa la sonoridad del disco y la lleva más allá, porque la dota de visceralidad: vive, sangra, sufre. A medida que avanzaba el setlist, Marcos Rojas se venía arriba con su interpretación descarnada, que en ocasiones le hacía gritar. Pero no era algo aislado: contaba con la complicidad de los otros músicos; mientras Jesús Alonso marcaba la esencia rítmica con la batería, Álvaro García y Fernando García le secundaban, exprimiendo las posibilidades que ofrecían las canciones al bajo y la guitarra. El trabajo de los pedales se hacía notar.

Más allá de la interpretación, fue interesante la disposición de las canciones. Quizás pudo parecer algo osado abrir con la épica ensoñadora  de “Otro Toledo”, pero al cerrar con “Un proceso lento” todo cuadró: dos de las canciones más especiales, los ritmos más lentos e introspectivos del disco jugaron a ser una especie de paréntesis, entre las cuales discurrieron el resto. Siguieron las palabras de Sánchez Ferlosio de “Vendrán más años malos” dentro de un esquema rockabilly, y tras este tema se sucedieron los “desórdenes mentales” de las diferentes canciones y el enfrentamiento del narrador frente a ellos. “Acuérdate”, “Yo camino solo”, “Oh Dios”… más rápida, más lenta. Un acertada compesación que nos llevó hasta un cierre en el que “El poder de tus manos” se hizo especialmente intimista (sólo se quedaron él y Fernando García a las guitarras) y la electrizante “¡Que te mejores!”, la canción más distanciada del estilo global del disco pero que sirvió de primer adelanto.

Hay tanta emocionalidad que no dudo de que El Grajo en directo seguirá evolucionando. Que puede ser complicado, sí, pero nadie dijo que la expresión artística tuviera que ser sencilla.

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