Crónica del Primavera Sound 2019: Larga vida al The New Normal

Por María José Bernáldez 0

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Tres días, tres. Una media de quince kilómetros diarios. La búsqueda de veinte vasos. Varias capas de mangas preparadas.

Jueves 30 de mayo

El jueves con el sol picando en lo alto comenzamos nuestra ruta en el Ray-Ban, nuestro escenario favorito viendo cómo se defendía Soccer Mommy. No es una hora fácil y menos cuando casi todo el mundo se dedica a situarse, saludar, terminar de elegir conciertos y hacer las fotos necesarias para creerse que sí, que has llegado al festival. Dejando apartada la candidez que destila en el disco, sorprende una Sophie Allison más rockera y arriesgada, un acierto para ponernos en marcha.

Stephen Malkmus & The Jicks por Paco Amate

Ya metidos en faena, antes de saber que Pavement se reunirán para la edición del año que viene, nos movemos para ver qué sabe hacer Stephen Malkmus en solitario (bueno, & The Jicks). Personalmente me gusta más en este formato que con el grupo y, al parecer, a él también. Se le ve contento ( su último disco, Groove Denied, es para estarlo ) y se traduce en un concierto de guitarras que se suponía que no iban a existir en esta edición. Es aquí cuando nos fijamos que todo el público que se supone debería estar en casa quejándose de que les han cambiado el festi por otra cosa, en realidad, ha venido igual que siempre y, oh sorpresa!, se lo están pasando bien. Bailando, eso sí, como saben hacerlo, un leve asentimiento de cabeza, un mínimo seguir el ritmo con la punta de las zapatillas.

Para ver bailar sin conocimiento, cruzamos la pasarela que divide al recinto y nos vamos al escenario – cubo en el que un Dam Funk pletórico canta por encima de los hits que pincha (no será la primera vez que suene el I’m every woman de Chaka Kan en esta edición ) sobre lo bien que se lo está pasando y lo mucho que les gusta la ciudad. Es el escenario de darles la razón a los que decían que el Primavera se estaba convirtiendo en Coachella. La estampa californiana del público casi te hace pensar que estás a punto de cruzarte con una Kardashian. Vestidos vaporosos, pantalones cortos, glitter en las pestañas. Coge el relevo Krystal Klear y la gente baila mientras el sol se pone por las fábricas de Sant Adrià del Besòs. Todavía queda toda la noche por delante.

Volvemos a atravesar toooodo el recinto por la zona sin embotellamientos (pagadme por esta info, amigos) y nos cruzamos con parte de los escenarios más pequeños, las zonas de descanso, de comida y de promociones varias. Todas llenas de gente, siempre hay gente cenando en este festival, sea la hora que sea.

Llegamos al temidísimo Mordor y, por fin, pisamos “el césped que fue prometido”. Es cómodo, es bonito. Es increíble el pensamiento de poder terminar el festival sin una piedrecita en las zapatillas que nos vaya fastidiando cada dos por tres. GRACIAS, JODER.

Desde nuestra nueva vida en Mordor (contra, eso sí, más gente sentada a esquivar mientras avanzas), Courtney Barnett se luce en un concierto en el que, sorprendentemente, todo el público se sabe las letras. Lo bueno del cambio de nacionalidad de la mayoría de los asistentes. No sólo se las saben (nos las sabemos) sino que nos contagiamos de su intensidad hasta la explosión final con Pedestrian at best.

Interpol por Sergio Albert

Cambiamos de posición porque llega la liturgia con Interpol. Es ya, más que un concierto, un mito, una religión. Los que nos juntamos allí sabemos que, se solape con quien se solape, volveremos a elegir a Interpol. Nos lo devuelven con un setlist casi casi impecable. Quizá el único pero , aplicable a otros conciertos no electrónicos de esa misma zona del recinto, es que no hubiera sobrado un punto más de volumen. Pero volveríamos a verlos otra vez, sin dudarlo (y volveremos, esta semana en Oporto).

Después de la misa, nos encaminamos, sin saberlo aun, al que será el concierto del día. De esta edición. Si me apuráis, en el top 3 de conciertos de las 10 ediciones en las que he estado. Entramos sin saber muy bien si estamos sobre el agua o no y saldremos flotando, definitivamente. El Your Stage de Heineken parece una mezcla de Studio 54 (las bolas de luces de discoteca de las que, por cierto, se caían los cristalitos) + el Rabbit Hole de Glastonbury + una carpa de circo. Una barra (con IPA) y mucho, MUCHO calor. Y, en el escenario, The Comet is Coming. No hace ni un mes descubrimos su último disco y nos enganchamos. Y enganchados salimos de allí. El calor, los ritmos frenéticos, el caos que se le supone a cualquier tipo de jazz. Una experiencia mística para la que no estábamos preparados y que nos voló la cabeza. Como te volará una vez que te pongas el tema con el que cerraron, Summon the Fire, que se mantuvo en la cabeza de todos los asistentes durante lo que quedó de festival. El concierto perfecto.

Pero el festival seguía y tocaba ver a Empress Of en el tramposísimo escenario Pitchfork. Aquí nunca hay término medio y, según me explicaron una vez, hay una cierta pérdida de sonido por la propia disposición del escenario. A ella le jugó una mala pasada dicho efecto e incluso tuvo que cortar en mitad de una de sus canciones más reconocidas y salir por patas para luego tener que retomarla. Algo injusto para un proyecto bastante interesante. Merece una segunda oportunidad.

La que se la jugó todo a una carta fue FKA Twigs. Su propuesta de lirismo audiovisual no dejaba indiferente a nadie. Sobre todo porque en el Ray-Ban, a las 3 am, nunca sabes cuánto de real tiene lo que estás viendo en ese momento. Unas coreografías hipnóticas, una voz de escándalo, algún que otro golpe de efecto y una legión de seguidores completamente alucinados que necesitarán varios días para recuperarse de lo visto y oído. Bien de valentía, bien de buen hacer. Una vuelta a casa dándole vueltas a lo que acabábamos de ver.

Viernes 31 de mayo

El viernes pisamos por fin uno de los escenarios que nunca decepciona. Donde siempre vemos primero a grupos que irán subiendo de aforo (y precio de entradas) en las giras por salas después: el fotogénico Adidas Originals.

Allí nos encontramos con la psicodelia de Pond, que atrajeron a todos los amantes de la psicodelia más allá de Tame Impala. Pocas cosas hay más solventes en un festival que un grupo australiano. Pocos hacen bailar tanto al público y se entregan a su nivel. Nos supo a poco el slot que les dieron y eso que eran de los más tempraneros, así que habrá que verlos de nuevo.

De ahí nos fuimos a los gui-ta-rra-zos de Beak > que fueron capaces de adelantar un par de horas la aparición de la noche y de expandir las mentes de los allí presentes. Es impresionante como pudieron crear una atmósfera tan envolvente. Sólo se me ocurre describirlo como un Portishead meets Mogwai, pero aun así faltarían capas para describirlo.

Él Mató a un Policía Motorizado por Dani Cantó

Y seguimos nuestro camino con lo que podríamos describir como una parada en una cascada rodeada de árboles tropicales y serpientes venenosas. Los magníficos Derby Motoreta’s Burrito Cachimba se adueñaron del festival con sólo dos minutos y un par de golpes de cadera de su frontman. Kinkidelia, gamberrismo, actitud y aptitud. Los aventajados de la clase. ¿Quién más se atrevería a dirigirse al público exclusivamente en inglés? ¿Quién se atrevería a hacer un amago de wall of death? (con más abrazos que pogos, pero bien de pogos) Sólo ellos. Entrada directa al olimpo de performances del festival.

Fue en ese estado de gracia en el que nos atrevimos a volver a la carpa Heineken, pero la ocasión lo merecía: Él Mató a Un Policía Motorizado hicieron el setlist de nuestras vidas y nos hicieron perder entre 5 kilos y 5 años de vida. Una Amaia pletórica (por la que se suponía la cola fuera de la carpa) hizo los coros pero la sombra de Santiago Motorizado es alargada y remató todo lo que tocó y cantó de tal manera que ni siquiera cuando la cascada voz de Jota de Planetas interfirió bajó la calidad del concierto. Ese fin de fiesta con Mi próximo movimiento pudo haberse cobrado víctimas, pero salimos de allí, vivos y hipoxémicos.

Miley Cirus por Eric Pamies

Esa falta de oxígeno llevó a la que escribe a cometer el gran error del festival: mientras Suede hacían un concierto de escándalo, mientras Brett Anderson se sacaba de la manga una de sus mejores actuaciones, sólo pudimos escuchar un par de canciones detrás de su escenario de camino a Mordor. Porque elegí ver a Miley Cyrus. Y me equivoqué. Un tanto descafeinada para lo que podía haber sido, o lo que imaginábamos que sería, al menos. No te guardo rencor, Miley. Malibu y Jolene merecieron la pena. Pero me hiciste perderme She.

Así que con esa pena que sólo conocen los que tienen luego que pasar días escuchando un ” tenías que haberte venido al otro concierto”, nos plantamos en Low. Y todo lo demás desapareció a nuestro alrededor. La música de Low es un agujero negro al fondo de un abismo al que te empujan los primeros acordes de sus canciones. No hay manera de escapar. Quedé impresionada por el silencio sepulcral del público ( sólo un ligero rumor, a lo lejos, que acrecentaba la sensación de ahogo ), pocas, muy pocas veces he visto algo así en el festival. Double Negative , su último disco, es de esas electrónicas que no sabes cómo acabarán en un directo con sólo instrumentos y voz, pero la traducción en el escenario fue increíble. Ojalá algún día podáis experimentar algo así en cualquier concierto al que vayáis.

Por eso llegar al concierto de Yves Tumor fue como un martillazo en la cabeza. Otro disco difícil para llevar sobre un escenario (aunque el se define como artista ‘pop’, es una especie de hip-hop deconstruído). ¿Cómo sería con banda, tal y como venía anunciado en el cartel? Pues si de banda acompañante te llevas a los hermanos locos de Spinal Tap y tú mismo te vistes con ropa del armario de Abba, el combo de glam-rock-pop-heavy-hip-hop, lo tienes hecho. Y tienes todas las papeletas para que te salga mal. Pero vas y das, en el escenario trampa, uno de los mejores conciertos de esta edición. Porque sabes lo que haces y, además, disfrutas haciéndolo.

Con el alucine en el cuerpo, nos fuimos a ver a la verdadera reina de la noche. La sueca Robyn. Un concierto que fue de menos a más, en comunión con un público absolutamente entregado que no se saltó ni un verso. Cada canción de Robyn es un himno al amor herido y de eso todos los que estábamos allí sabíamos un poco. Sé que no fui la única que terminó afónica y espero que hubiera pocos damnificados por intentar imitar al loquísimo bailarín que llevó (o que hubiera clínicas de fisioterapia cerca). Larga vida a Robyn. Alcaldesa. Presidenta. Delegada de la clase. Reina. Emperatriz. Y lo que quiera.

Pocas fuerzas quedaron ya después de la maraña de conciertos y kilómetros. Sabíamos que el viernes era el plato fuerte y tras ver algo de los escenarios pequeños (especial mención para Bliss Signal) nos recogimos.

Sábado 1 de junio

El sábado el festival se llenó hasta la bandera. El poco agobio de los días anteriores (o quizá que escogiéramos los conciertos menos petados) se convirtió en algo más de masificación. También el cansancio empezaba a hacer mella. Pero fue llegar y encontrarnos con ELLA. Harunemuri es lo mejor que nos ha pasado este festival. Nunca habíamos visto a nadie tan feliz de tocar allí. Su primer concierto en Europa, además. Una imagen muy näif ( dos trenzas, vestido largo vaporoso en tonos pastel) y una fuerza escénica sobrenatural. Encadiló a todo el que estaba por allí y atrajo a todo el que pasaba cerca del Adidas ( recordemos que es siempre la barra menos copada ). Hizo crowdsurfing SIN AVISAR, cantó entre el público, lleva subiendo vídeos desde ese día a su cuenta de Instagram porque no baja de la nube y nosotros aplaudimos a rabiar porque nos encanta la gente que se desquicia en un escenario y se comporta como si todo les perteneciera. CLARO QUE SÍ.

Por comparación (odiosa), el saber estar escénico de Nilüfer Yanya (no, no fuimos a ver a Built to Spill, de esto sí que no nos arrepentimos), comedida dentro de su intensidad, nos chocó bastante. Una actuación sin peros y, quizá, ahí falló un poco.

Así que pusimos rumbo al Mordor del The New Normal. Y lo que vimos nos ma-ra-vi-lló. Mucha, mucha gente. Mucha gente, muy contenta. Todas las tribus urbanas que puedas imaginarte compartiendo césped artificial, haciéndose fotos los unos a los otros. Si este es el Primavera Sound que quieren vendernos, el de la diversidad, donde cabe todo el mundo y, seas quien seas, escuches lo que escuches y hagas lo que hagas, importe un pimiento y seas bienvenido, que dure mucho tiempo. Que sea siempre así. Que no sea tratado como una argucia de marketing. Ya está bien de venderlo como la excepción. Ojalá sea la norma.

Ambiente por Sergio Albert

Y si la traducción de esto es que Kali Uchis (diosa) tenga a bien mezclar en la misma canción a Don Omar y el Creep de Radiohead, pues avanti. Que lo haga. Que más gente se atreva a hacerlo. Dicho lo cual, nos volvimos al Casco Antiguo del festival porque nos guardamos la carta para Oporto de los grandes nombres de Mordor (Rosalía o J Balvin) de ese día, somos así.

Llegamos a tiempo para ver como un Loyle Carner desatado y eufórico (como todos los que llevaban la camiseta del Liverpool en el festival, increíble la cola para ver el partido en la carpa de la hipoxia) entraba en el top 10 de la edición. Su low-fi que suena lineal en los discos se convirtió en una montaña rusa de emociones que no esperábamos. Ya contamos en nuestra cuenta atrás que cantar, obligado por su madre, lo liberó de varios problemas que tenía y fue a ella a la que dedicó parte del concierto y exhortó a los que allí estábamos a llamar a nuestras madres y decirles lo mucho que han hecho por nosotros. De una adorabilidad inaudita, este chico.

Lizzo por Paco Amate

Seguimos nuestro camino contrario al de la masa y llegamos a la playa. Habíamos jurado no pisar la arena del escenario Lotus, en la playa, literalmente. Un NO rotundo. No como cuando dices “yo a ese bar no vuelvo, yo con ese no me vuelvo a liar”. Un NO, NO. Así que es de agradecer que hubiera una pasarela que te evitaba incumplir tu promesa para poder ver a la EMPERATRIZ del sábado: Lizzo. Alucinada ella misma de haber congregado tanta gente hizo mover el culo a todos los que estábamos allí con consignas de igualdad y, sobre todo, sonoridad. La fuerza que destila en cada una de las canciones, incluso en las baladas (¿vosotros sabéis lo dificilísimo que es dar un tono alto estando sentada en un taburete? Pues eso) la ha metido directa en lo mejor de la edición.

En ese top, también tenemos que meter el concierto de Primal Scream. Habíamos bicheado el setlist y, si bien, Bobby Gillespie estaba igual de afónico que yo después de hacerle los coros a Robyn, no hizo falta una voz espectacular porque sabe cómo sublimarlo con todo lo demás. Setlist perfecto. Público entregadísimo. Todo el mundo bailando y cantando. Un concierto 100% festivalero, no como el de The Messthetics, en el que parecía que el público estaba allí por hacer el favor a los músicos. Luego volverán Fugazi y se llenará, pero con una propuesta tan tan similar en un escenario pequeño en el que se puede disfrutar tantísimo de un postrock de manual, no entendí por qué aquello estaba tan vacío. A mí me gustaron muchísimo, he de decir.

Y, para terminar, cerramos en el Ray-Ban. Si bien más tarde Dj Rosario & Sama Yax cerrarían con confeti y  el I’m every woman, esta vez en versión de Whitney Houston, nosotros nos plantamos con Modeselektor, viendo desde la torre de sonido cómo empezaba a llegar gente a bailar descontroladamente como si se fuera a terminar el mundo o, algo peor, el festival por el que llevabas esperando tantísimo tiempo.

Ya solo queda un año para el siguiente. Ya sabemos uno de los grupos confirmados. Sólo puede ir a mejor.

Galería del Primavera Sound 2019

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