Crónica del WOS Festival 2019

Por Marcos Gendre 0

Desde los días 11 al 15 de septiembre tuvo lugar en Santiago de Compostela una nueva edición de este atípico encuentro de música electrónica y arte vanguardista.

No cabe duda de que, hoy en día, la multiplicación imparable de festivales nos está llevando a una serie de eventos clonados cada vez menos interesantes. La variedad reinante es la misma confusión dentro de una realidad imperante: la sensación de estar ante una serie de grupos abonados que, en vez de giras propias, cruzan la geografía española a lomos de su inclusión como bandas festivaleras de pro. Eso y el hecho de apostar siempre por cosas ajenas al riesgo y la experimentación.

Por suerte, las taras siempre están ahí para abrir resquicios de esperanza. Una de ellas es el WOS Festival, al que tuve la suerte de asistir la semana pasada. Fue en dicho evento donde pude vivir una experiencia totalmente desligada de los lugares comunes expresados al principio de esta crónica, a lo que también ayudó una organización precisa como un reloj suizo, lugares con un sonido perfecto, precios asequibles, apenas distancia de un escenario a otro y sin aglomeraciones.

Desde la misma ubicación de los escenarios, emplazados a lo largo de Santiago de Compostela, el WOS funciona dentro de un radio escénico en el que no faltan teatros, salones de actos, terrazas idílicas o esa iglesia de la Universidad, donde pude vivir dos de las experiencias más vibrantes de estos últimos tiempos. La culpa: el concierto que la harpista Mary Lattimore ofreció allí el viernes a las seis de la tarde, y el que al día siguiente, a la misma hora, también dio el spaceman drónico Rafael Anton Irisarri.

Rafael Antón Irisarri / Foto: Sara Roca

Respecto a la espeleóloga del harpa, su actuación, basada en su excelso LP One Hundred Days, se fundió con el barroco entorno de la iglesia, la cual se convirtió en un entorno mágico, donde cada golpe de loop de la norteamericana parecía surgir de la luz que se colaba desde las vidrieras de la cúpula.

Más fascinante todavía fue lo originado por Irisarri desde el mismo trono sónico. Ondas de Seefel y los My Bloody Valentine más abstractos sumaron fuerzas en un set de cuatro piezas de belleza incólume. El investigador neoyorquino realizó una exhibición de arquitectura, en la que sus oceánicos loops de guitarra eran la última capa de construcciones talladas a base de drones hercúleos y una sombra ambient afilada hasta el límite de la percepción sensorial.

Tras el tripi comunitario, tocaba moverse hacia la electrónica medieval de Kali Malone, que ofreció una sesión experimental donde su indagación en las posibilidades de la vibración interina se tradujo en una operación a corazón abierto hasta las entrañas del drone. En su viaje hacia pasados ancestrales perdidos, la sueca se sumergió en su propia paranoia, hasta horizontes difícilmente transitables sino es al compás de su brújula.

Loscil / Foto: Sara Roca

Para la siguiente parada, la interminable cola reflejó la expectación generada por Loscil, dignísimo continuador de las enseñanzas de Klaus Shulze que, a través de su inspirado álbum Equivalents, ofreció un set de inducción instantánea a sueños visuales, para el que las proyecciones en blanco y negro de fondo, armadas en torno a nubes en slow motion, agua y arena, generaron un estado de hipnosis latente entre el personal. Enfrente de él, se sentaba un atento Irisarri, que veía cómo su majestuosa actuación de hacía dos horas era igualada por el canadiense más inspirado de la actualidad en terreno ambient.

Pero el trayecto aún estaba por depararnos el momento más sublime de la noche: la actuación de Gazelle Twin (en la foto de portada) en la Sala Capitol. Que estamos ante la enfant terrible del pop actual quedó plenamente demostrado desde su misma presencia, que parece ideada por un Mark Millar de condición druida. Nada más entrar en la sala, la británica impuso su performance enfrente de un gran mural con la portada de su último álbum, Pastoral, del que dio buena cuenta a lo largo de una actuación donde era posible ver materializadas fantasías imposibles como a Kate Bush en modo grime industrial.

No hay fronteras dimensionales en un mundo más propio de una experiencia lisérgica que de una mera actuación musical. Su humor de retranca a lo Monty Python se mezcló con inflexiones brutales de heterodoxia vocal y bases mutantes de espíritu arty. Sencillamente, inalcanzable para cualquier ser humano de hoy en día.

Plaid / Foto: Sara Roca

Tras recuperar el aliento forzosamente, tocaba volver al ruedo de la Capitol, esta vez por medio de unos clásicos como Plaid, que ofrecieron un viaje de nostalgia reparadora hacia la electrónica IDM de los noventa, de la que ellos son pioneros de pro. La presencia de un violín cyborg extendió las alas de un arsenal cromático de variables tecno tan inspiradas como de costumbre.

Después de cinco conciertos de nivel excelso, el resto de la noche prosiguió la inercia imparable, con los inclasificables Amnesia Scanner y sets de DJs tan inspirados como el del tótem berlinés Bill Kouligas y un clásico como Kode9: el broche de oro a una jornada de la que deberían tomar buena nota la mayoría de festivales nacionales. Y que dejó con la sensación de haber presenciado algo, sencillamente, irrepetible.

Web Hosting