25 años sin Jeros, el cerebro de Los Chichos

Por Jose A. Rueda 0

25 años sin Jeros, el cerebro de Los Chichos

El 22 de octubre de 1995 fallecía en el barrio de Entrevías Juan Antonio Jiménez «Jeros», el icónico miembro central de Los Chichos. Su legado lírico definió el llamado «sonido Caño Roto» y se esparció en el repertorio del mencionado trío, así como en el de otros combos rumberos como Las Grecas o Morena y Clara.

Cuando en la España del tardofranquismo la música se alzó como un altavoz para el griterío —unas veces festivo y otras, reivindicativo— de la comunidad gitana, una serie de formaciones con acento caló entraron en los pasillos de la industria musical. Allí se encontraron con productores y arreglistas curtidos en la anglofilia del momento —de la Motown al rock sinfónico— que no dudaron en barnizar la rumba flamenca de artistas incipientes como Los Chichos, Las Grecas o Los Chorbos con guitarras eléctricas inspiradas y armazones rítmicos de cadencia funk.

La historia de Los Chichos no se explica sin la vida y obra de su principal compositor: Juan Antonio Jiménez Muñoz, el «ajero» del mercadillo de El Pozo del Tío Raimundo, apodo con el que las vecinas se dirigían al niño que les vendía los ajos y que derivaría en su rebautismo artístico como Jeros. Antes de recalar en Madrid, Juan Antonio había nacido en el vallisoletano barrio de La Victoria, de donde partió con su familia, siendo aun un renacuajo, a la capital de España para engrosar los «poblados dirigidos» —el eufemismo franquista de los nuevos guetos que circundaban las grandes ciudades— y sobrevivir con la venta ambulante a las penurias de unos años muy crudos.

Jeros compaginaba a duras penas el mercadillo con la escuela, pero su frecuente absentismo no le impidió aprender a leer y escribir, y mucho menos le privó de acceder a libros de poesía, un género literario al que se aficionó y que constituyó su formación básica como compositor. Con 17 años ya había contraído matrimonio con Araceli, su primer y único amor, del que nacieron sus hijos Adeli y Julio. Y fueron los amores, los desamores y la convivencia en pareja —temas capitales de la canción pop— los senderos que guiarían el primer repertorio de Jeros.

En los inicios de la década de los setenta, las calles del entorno de Entrevías y Vallecas unieron a Jeros con los hermanos Julio y Emilio González Gabarre, que contaban con cierta trayectoria sobre los tablaos y venían actuando por mesones y salas de fiesta madrileñas con el nombre de Los Chichos, apodo que habían tomado prestado de su tío Chicho para crear este tándem de rumba flamenca. Entablar amistad con Jeros fue uno de los varios encuentros cruciales que le acontecieron a los González durante aquellos primeros balbuceos de los setenta. En una función en el Lover Club de Vallecas —propiedad del piloto Ángel Nieto— Eduardo Guervós les brindó sus servicios como mánager y bajo su gestión el duo Los Chichos —aun sin Jeros— cerró bolos en todas las esquinas de la península, llegando al noroeste en 1972. El propietario de la sala Nuevo Electra de Vigo —un tal Xuxo— le sugirió a Eduardo que Los Chichos ampliaran su formación, arguyendo que el escenario del local era tan grande que la presencia de dos músicos podría resultar visualmente escasa. A propuesta de Julio, Jeros se incorporó a la formación y, desde el minuto uno, infló con sus letras el repertorio de los conciertos «chicheros», afianzándose como el principal compositor del trío y ocupando la icónica posición central.

En el transcurso de aquella gira, Los Chichos pescaron a otro buen ejemplar: Antonio Sánchez, padre de Paco de Lucía —que para entonces ya sumaba una década de trayectoria en el mundo del flamenco—, fue el que les abrió la puerta de la discográfica Fonogram, en la que una canción que Jeros había escrito en 1970 durante su breve paso por prisión se alzaría como la primera referencia de Los Chichos y, a la postre, el primer clásico del trío rumbero: «Quiero ser libre».

«Quiero ser libre», primer single con Los Chichos en 1973.

Los dos siguientes sencillos también comportan dos piezas inexcusables en la larga nómina de éxitos populares de Los Chichos: «Ni más ni menos» —una pieza engrasada con antiquísimos tópicos literarios como la honra femenina y la belleza fugaz— y «Te vas, me dejas» —implacable balonazo pop de temática amorosa-vengativa—. Esta última, editada en el transcurso de 1974, incluía en la cara B «La historia de Juan Castillo», una biografía bailable de un personaje arrabalero echado a la mala vida; un anticipo de las crónicas del Bronx que en la salsa nuyorriqueña de Willy Colón protagonizaban Juanito Alimaña o Pedro Navaja. Estas cuatro canciones («Quiero ser libre», «Ni más ni menos», «Te vas, me dejas», «La historia de Juan Castillo») junto a las caras B («Si tú pudieras estar conmigo» y «La cachimba») moldearon el cincuenta por ciento de Ni más, ni menos, el primer elepé de Los Chichos —íntegramente escrito por Jeros— que vio la luz a finales de aquel 1974.

El disco descollaba por su gran producción, conteniendo arreglos orquestales del maestro José Torregrosa y de músicos académicos como Ricardo Miralles. Este comité de expertos planificó una rumba moderna que había de dar un paso más allá de la que se estaba practicando en Cataluña. Peret y El Chacho —con el permiso de El Pescaílla— estaban arrastrando la rumba catalana por sembrados colindantes entre el sur y el norte de América —de la salsa colombiana al funk estadounidense— y en Madrid, en un ejercicio de distinción que trataría de definir la «rumba madrileña», esta progresión sonora se bañaría en un caldo de guitarras corpulentas a la manera de algunas leyendas del club de los 27 —Joplin, Hendrix—. Poco antes de Ni más, ni menos, la CBS había editado el también primer disco de Las Grecas, acertadamente titulado Gipsy Rock, piedra angular de la nueva rumba madrileña en el que Jeros se vio involucrado con la composición de «No nanay», «Orgullo» y «Bella Kali». Esta última canción fue reivindicada en 2010 para la audiencia hípster por Gonjasufi, disc-jockey y productor electrónico estadounidense que, en pleno auge de la xenofilia y la word music 2.0, sampleó el estribillo caló en su tema «Kowboyz & Indians».

«Bella Kali», composición de Jeros para sus paisanas Las Grecas.

Las tres siguientes obras de Los Chichos se titularon Esto sí que tiene guasa (1975), No sé por qué (1976) y Son ilusiones (1977), cuyo repertorio seguía siendo obra y gracia de Jeros —para alegría extra de sus bolsillos por lo concerniente a derechos de autor—. Después del disco de 1977, el trío madrileño acordó así el reparto de la escritura de las letras: el cuarenta por ciento saldría de las poesías de Jeros, mientras que el sesenta restante se lo dividirían los hermanos Julio y Emilio. Esta partición no sería tajante, ya que hay álbumes con el cincuenta por ciento de los temas escritos por Jeros y en muchos también penetran composiciones de Antonio Humanes, productor y letrista flamenco que, además de Los Chichos, trabajó a lo largo de su vida con artistas del renombre de Camarón, Remedios Amaya y Tijeritas.

Si en los años 80 los raperos Public Enemy se convirtieron en la CNN del pueblo negro, para finales de los 70 Los Chichos en España ya eran la TVE del colectivo gitano. Amén del cancionero pop —quiebros melódicos aflamencados conducidos por versos que unas veces halagaban la belleza femenina y otras reprendían al amor no correspondido—, el combo madrileño tiraba del velo negro que ocultaba la realidad de los barrios marginales. Con las letras de Los Chichos, el payo de clase media visualizaba la vida en las calles de los guetos madrileños, la cotidianidad de la delincuencia y la caída desesperada en el consumo —o en el tráfico— de la droga que mató a toda una generación: la heroína.

No solo la música de Los Chichos, junto a la de Los Chorbos, Las Grecas, Rumba Tres o Los Chunguitos, habían potenciado las ondas de esta suerte de antena parabólica de la comunidad gitana, sino que el mundo del celuloide había comenzado, casi a la par que las carreras de estos conjuntos, a gestar el denominado «cine quinqui». Las cintas de Eloy de la Iglesia y Jose Antonio de La Loma sumaron títulos de culto al catálogo del séptimo arte español como Perros callejeros, El pico o Navajeros. Para El Vaquilla —inspirada en la vida de Juan José Moreno Cuenca— De La Loma encargó a Los Chichos la banda sonora de esta película estrenada en 1985. Jeros cumplió con cuatro de las diez canciones de aquel filme, incluida la más célebre «El Vaquilla» con el coreable estribillo que rezaba: «Tú eres El Vaquilla, alegre bandolero / porque lo que ganas, repartes el dinero».

Aquel trabajo colmó de tal manera la agenda de compromisos promocionales —llegaron a actuar hasta en el patio del centro penitenciario de Ocaña— que 1986 sería el único año en la carrera de Los Chichos con Jeros en el que no se lanzó ningún disco —ni siquiera un «grandes éxitos», como había sido el caso de Para que tú lo bailes, sacado al mercado en 1981— y, sin que nadie lo sospechara, apenas restaban tres años de la alianza de Juan Antonio con los hermanos González Gabarre.

El 20 de abril de 1989, Los Chichos actuaron en la sala Jácara de Madrid, recogiendo el sonido para el que se coronó como su primer disco en directo: …Y esto es lo que hay. Primer disco en directo y último con la formación original, la que había sembrado canciones como tomates desde los primeros 70 y había recolectado año tras año la fama, el dinero y el reconocimiento propios de unas estrellas del pop nacional. La sombra de los éxitos instantáneos contenidos en Ni más ni menos (1974) se alargó con jalones como «Son ilusiones», «No juegues con mi amor», «Bailarás con alegría», «Amor de compra y venta» y «Mami», todos con la firma del portentoso Juan Antonio.

Actuación de Jeros en 1992, presentando canciones de Agua y veneno.

Los años noventa oscurecieron el cielo de Jeros, que pese a emprender una ilusionada carrera en solitario —dos discos: Tembló pero no calló (1990) y Agua y veneno (1992)— y contar con la madurez compositiva de su hijo Julio —el Chaboli— con quien escribió algunas canciones, las miserias vitales en El Pozo del Tío Raimundo le arañaron el alma. La muerte de sus hermanos Aquilino y Rafael —con 38 y 44 años respectivamente— condujo a Jeros a una insondable depresión que trató de calmar con fuertes medicamentos, drogas duras y fe en el evangelio cristiano.

A mediados de octubre de 1995, los vecinos habían advertido de las intenciones fallidas de Jeros por acabar con su vida. Una semana después, en la tarde del día 22, Juan Antonio aprovechó la salida de su mujer para acometer su negro plan. Se sentó de espaldas en la barandilla del balcón y se dejó caer desde el segundo piso. Bocarriba sobre la acera, su vientre todavía palpitaba, aunque cada vez más lento, mientras una aureola de sangre se extendía alrededor de su cabeza. Eran las tres y cuarto de la tarde en el barrio de Entrevías. Había muerto un mito.

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