Monte Terror — El primer vuelo de las aves marinas

Por Jose A. Rueda 0

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Desde que el movimiento indie español de los años 90 se sincronizó con el británico para indagar en el alcance onírico de las guitarras eléctricas, el noise rock y sus variantes más ambientales —rock espacial y pop ensoñador— han sido los subgéneros más reiterados de la música independiente estatal. Monte Terror, pues, alargan una tradición que en las tres últimas décadas formaciones del norte y del sur —desde Penelope Trip hasta Martes Niebla— han jalonado de atmósferas, saturación y reverbs.

El quinteto de Roquetas de Mar no parte de las mil imitadas formas que J y Florent consolidaron en los discos de Los Planetas. A lo sumo resucitan a Silvania, la banda noventera con acento peruano que mejor recogió el testigo shoegazing de las islas británicas. Monte Terror, conscientes del origen anglo del dream pop, estudian los trabajos de Ride, Slowdive, Chapterhouse y My Bloody Valentine para hacer suyos esos paisajes hipnóticos, muros de guitarras y melodías escapistas.

En El primer vuelo de las aves marinas (Desorden Sonoro, 2021), Monte Terror se adueñan del space rock para amasarlo a su antojo. Y así, en un ejercicio de mímesis aristotélica, la naturaleza de Almería —bella a la par que adusta— cobra vida en las canciones del grupo, cual cantos de ballenas merodeando las aguas del Cabo de Gata o aullidos de zorros confundidos entre polvorientos vendavales en el desierto.

El disco sube a cuatro el breve y sugestivo catálogo de Monte Terror. Debutaron con dos EPs de duración estándar: Monte Terror (Aneurisma, 2014) y Venga mi muerte (Grabaciones A Montones/El Ejército Rojo, 2015) para, en los últimos tres años, tomar carrerilla con dos álbumes de poco más de treinta minutos: El último verano de nuestra juventud (Grabaciones A Montones, 2018) —entre los veinticinco mejores de nuestra redacción de aquel año— y este flamante El primer vuelo de las aves marinas, con el que estrenan sello y productor.

El sello: Desorden Sonoro, escudería local en la que militan Compro Oro —con quien comparten el bajo de Juan Muñoz— y otras gemas mediterráneas como Mausoleo, Los Puñales de Martín o Gamada. Y el productor: Raúl Pérez, del estudio sevillano La Mina, por cuyas manos ha pasado el shoegaze de Blacanova, McEnroe, Uniforms o Pumuky, entre otros muchos. Con Raúl en la mesa de mezclas —a quien Míriam Cobo conoce muy bien por sus visitas a La Mina con Trepàt— las ocho nuevas canciones de Monte Terror han hinchado la sección rítmica y elevado al cielo las guitarras, que ahora sí despegan como turbinas embravecidas.

Pero un ingeniero de sonido no hace milagros. El mérito reside en unas composiciones inspiradas, de lírica sentida e impenetrable, que se abrazan a magnéticos riffs de guitarra y destellos de sintetizador. Seis canciones —más dos interludios— interpretadas como nunca por Manolo Illescas, a quien Míriam releva en «Damas oferentes sobre un barco» y «La cima». Esta última, uno de los singles junto a «La línea de sombra».