Rosalía y Motomami: música para los ojos

Por Jose A. Rueda 0

Rosalía inició en Almería su gira mundial de Motomami con un espectáculo más visual que musical.

Demasiada expectación nunca es buena. La fórmula matemática nos lo dice: a mayor expectativa, mayores posibilidades de decepción. Rosalía había generado un interés desorbitado por ver su nuevo disco estampado sobre un escenario. Y lo que finalmente ofreció anoche en el recinto ferial de Almería fue un mil-veces-visto espectáculo de luces estroboscópicas, pantallas gigantes y bailarines sincronizados en el que la música, por desgracia, acabó relegada a un segundo plano.

Si comparamos de dónde venían los directos de Rosalía, el world tour que empezó anoche se queda muy atrás. De aquella plataforma gigante central, con El Guincho en el ala derecha y Claudia La Chispa con su combo flamenco en la izquierda, se ha pasado a una función primordialmente visual, con tres pantallas verticales (más una cenital), un cuerpo de baile íntegramente masculino y ni un solo músico. Ni uno. Tan solo la propia Rosalía sujetando la guitarra en “Dolerme” o tañendo el piano en “Hentai”. A lo último, un teclista asomó la cabeza (y el instrumento) para acompañar a la catalana en “Sakura”.

Por lo demás, lo de Rosalía se tornó en un karaoke muy caro (la entrada más asequible en Almería superaba los 70 euros), con música y algunas voces pregrabadas (dudo que J Balvin estuviera escondido entre bambalinas acompañando en “Con altura”), y un pronosticable espectáculo de danza para amortizar el vacío filarmónico. A la coreografía se apuntó el operador de steadycam, interponiéndose entre público y artista para que las pantallas no perdieran un solo detalle del show. Al final, como dicen Biznaga, «la pantalla es Dios». Y Rosalía, su apóstol. Hasta ella se mostraba, por instantes, más atenta a la cámara que al proscenio.

¿Por qué Almería?

La prensa catalana y madrileña se lo preguntan. La fanaticada de las grandes ciudades españolas, también: ¿por qué Rosalía ha comenzado su gira mundial en Almería y no en Sevilla, Madrid o Barcelona? Solo el hecho de lanzar la pregunta apesta a chovinismo centralista. Esto es España. Aquí damos para lo que damos. Y no hay que darle más vueltas. En los cuatro años en los que residí en Polonia (capital: Varsovia; ciudades más pobladas: Cracovia, Łódź y Breslavia) era completamente normal que los Pixies dieran un único concierto en Poznań, que Metallica llenara el estadio de Chorzów o que el Open’er (el festival más multitudinario del país, que ya recibió a Rosalía en 2019) se celebre en Gdynia. Pero en España, si te sales de las cinco o seis grandes capitales o de junglas de cemento turistificadas como Benidorm o Fuengirola, una gran artista de reconocimiento mundial actuando “en provincias” levanta sospechas.

En la propia tierra almeriense se corrieron rumores. Desde que el megamultimillonario Turki Al-Sheikh (dueño del equipo de fútbol de la ciudad) estaba detrás de este concierto, hasta que la amistad profesional de Rosalía con José del Tomate (el hijo de Tomatito) y el percusionista flamenco Johnny Cortés la había convencido para abrir su gira en esta esquina andaluza. Si lo primero fuera cierto, a lo mejor el show se habría celebrado en el estadio de la UD Almería, a pocos metros del recinto ferial y con una mayor capacidad. Pero ese estadio ya no pertenece al ayuntamiento (principal promotor del evento), sino que lo cedieron al mencionado jeque tras la compra del club. Si José del Tomate y Johnny Cortés hubieran animado a Rosalía a actuar aquí, probablemente habrían salido al estrado, como Los Mellis de Huelva en la gala de los Grammy. O, al menos, Rosalía se habría acordado de ellos en alguno de los momentos de interacción con el público. Pero no. Solo citó al patriarca Tomatito… ¡y a David Bisbal!

El repertorio.

La cuenta de Twitter @MOTOMAMlTOUR desveló el set-list de la artista barcelonesa unas horas antes del inicio del show. Por lo que no hubo espacio para la sorpresa. Rosalía abrió con “Saoko”, tras una intro en la que flashes cegadores y rugido de motocicletas confundían a los espectadores mientras el cuerpo de baile se posicionaba bajo la pantalla central. Tras retirarse el casco iluminado —réplica del que luce en la portada de Motomami— Rosalía espetó aquello de «chica, ¿qué dices?» y comenzó la locura. A partir de ahí, desencadenó los temas del disco (“Candy”, “Bizcochito”, “La fama”) más unas breves regresiones a Los Ángeles (“La plata”) y el El Mal Querer (la fusión entre “De aquí no sales” y “Bulerías” fue lo mejorcito de la noche). También hubo versiones —“Perdóname”, de La Factoría, y el popurrí que mezcló sus “TKN” y “Yo x ti, tu x mí” con “Gasolina” y “Papi Chulo”— y un par de temas nuevos: “Aislamiento” y “Chiri”.

Motomami ha sido un álbum ensalzado como «de vanguardia» por la prensa generalista y alguna de la especializada. Y es que Rosalía es nuestra Madonna en todos los sentidos: en el bueno y en el malo. En el bueno, porque por fin una artista hispana y moderna (Julio Iglesias no cuenta) le disputa el trono del pop planetario a las anglosajonas de siempre, de Britney Spears a Rihanna pasando por Beyoncé. Y en el malo, porque a Madonna se la ha solido aplaudir por estar a la última, cuando en verdad lo que siempre ha hecho es hurgar en el underground y copiar ideas que no son suyas (¿les suena el concepto «apropiacionismo»?). Por ejemplo, cuando contrató al productor francosuizo Mirwais en pleno apogeo del electro house francés en la escena electrónica de club.

Toda la sonoridad que despacha Rosalía en Motomami ya la ha trabajado Arca en la esfera avant-garde o La Zowi en el más incómodo subsuelo callejero. De hecho, Rosalía, como artista pop, es una versión descafeinada de dicha trapera. Un intento (logrado) de llegar a todos los públicos con unos subgéneros (el trap y el reguetón) que causan estupor entre las clases medias altas (las que pueden pagar una entrada del Motomami World Tour). En “Abcdefg”, uno de los momentos menos calculados del concierto —Rosalía olvidó la letra por la que iba e improvisó hábilmente el alfabeto de deletreo—, acabó, como saben, con la «Z de zorra», palabrotita con la que casi se lleva la mano a la boca cual niña pequeña diciendo «caca, pedo, culo, pis». Todo lo contrario que La Zowi, que se llama «puta» veinte veces en la misma canción. Lo dicho: Rosalía es una trapera 0’0. Una reguetonera para la franja horaria infantil.