«El libro de todos los libros» de Roberto Calasso

Por Marcos Gendre 0

El libro de todos los libros

Resulta fascinante el grado de erudición que algunos escritores son capaces de irradiar sin sonar altivos ni pedantes, sino sobre un impulso subyacente de compartir sus conocimientos a través de su narrativa. Dicho aire divulgativo recorre las casi quinientas páginas que engrosan esta décima parte de su quijotesca serie de libros en torno a la idea de analizar la cultura universal.

Así, en “El libro de todos los libros” somos arrastrados a la particular visión que el malogrado escritor italiano conformó de las historias concernientes a la mitología bíblica. En este sentido, estamos ante un gran tapiz de relatos y fábulas construidas con ánimo investigador. Toda una proeza de ambición desmedida a través de la que somos conscientes de una perspectiva múltiple de los iconos que conforman dicho universo, en el cual tanto cabe una reflexión de Freud sobre Moisés como leer la versión más fidedigna posible sobre La reina de Saba.

Dentro de las diferentes conexiones establecidas a lo largo del texto, contamos con una vía central que funde el pasado remoto de los años de Yavé con nuestra era actual. Calasso no se contenta con ceder al relato y análisis sin más de unos hechos históricos plenos de interrogantes a su alrededor, sino que los proyecta dentro de un gran cubo de Rubik para que el lector pueda armar sus propias conclusiones a tenor de las pruebas y reflexiones vertidas a lo largo de un camino de páginas tan maravillosamente bien escritas. Porque esa es otra, la capacidad hipnótica que genera la prosa de Calasso. Estamos ante un caudal inagotable de conocimiento plasmado mediante un control absoluto del tempo narrativo. El mismo que desprende una fina línea musical vertebradora de todo el conjunto. No en vano, uno de los valores más poderosos de este libro es su capacidad para fascinar desde la fosa del “cómo”, antes del “qué”. Quizás palabras muy sobadas que en este caso alcanzan nuevos grados de significación. O lo que se entiende como una delicatesen literaria, aún por encima, apta para todos los públicos gracias a la generosa muestra de sinceridad volcada por tan humilde y descomunal pensador de nuestro tiempo. Uno a la altura de gigantes como W. G. Sebald o Claudio Magris. Vamos, lo que se entiende como una borrachera dulce y suave de aprendizaje en vena.

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