«Daredevil: Born Again» de Frank Miller y David Mazzucchelli
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Ahora que queda menos para la emisión de la adaptación televisiva de “Daredevil: Born Again” resulta de lo más pertinente recuperar un título tan revolucionario como lo fue éste, tantas veces reeditado como bien se merece. No en vano, al mencionar este pináculo del noveno arte lo estamos haciendo del cómic más memorable que nos ha brindado jamás el universo Marvel. Al menos, es lo que piensa un servidor.
Si bien hablar en términos tan superlativos siempre es peligroso, lo que no admite discusión es su brillante revaluación de la esencia neo-noir en el mundo superheroico, tal como pasó poco después con “The Question” bajo la firma de Dennis O’Neal, incluso con “Grendel”, faro-guía de la trayectoria de Matt Wagner.
En este sentido, por momentos, la lectura de este cómic, de 1986, nos puede llegar a hacer pensar en una modernización del canon establecido en la novela negra por Raymond Chandler, aunque dentro de un marco superheroico. Eso sí, no como nos han acostumbrado. En el “Daredevil” de Frank Miller, fabulosamente cimentado en años previos a esta serie junto al entintador Klaus Janson, los personajes no lanzan rayos ni vuelan. No tienen súper poderes, sino que sangran y están dominados por los sentimientos humanos más terrenales.
En este sentido, “Born Again” está constituido por siete números, 144 páginas que destilan verdad a través de una tragedia de proporciones épicas en las que las figuras de Daredevil y Kingpin denotan los extremos de un duelo en la distancia en el que están encadenados personajes dramatizados hasta el límite de lo soportable, con una Karen Page yonqui, inmersa en un infierno personal hasta aquel entonces nunca mostrados con tal grado de crudeza en el universo marvelita.
Más allá de la memorable sintaxis de la voz de la voz en off desarrollada por Miller, las viñetas de Mazzucchelli emergen con trazos de suciedad nada habitual por medio de encuadres que siempre encuentran el clasicismo a través de una fascinante recreación posmoderna de los arquetipos cinematográficos del cine urbano que triunfó en los años setenta por medio de títulos emblemáticos como “Harry el sucio”.
A través de semejante mural de influencias, el fresco armado por Miller y Mazzucchelli brota mediante unos niveles de intensidad tremebundos, lo suficiente como para absorber al lector en el mismo corazón ardiente de “La cocina del infierno”, el barrio que funciona como un mapa psicográfico de Daredevil y del propio Kingpin. El ying y el yang de una cosmografía intransferible plasmada en uno de los títulos que definen la evolución del noble arte del (anti) cómic de superhéroes.
