«Blake y Mortimer, Integral 3» de Edgar P. Jacobs
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Llegamos a un nuevo integral de la completísima reedición llevada a cabo por Norma Editorial de Blake y Mortimer, y lo hacemos con los últimos álbumes dibujados y guionizados por Edgar P. Jacobs, padre legítimo de la criatura máximo referente para todo ser ávido de adentrarse en semejante bacanal de aventuras al más puro estilo francófono de la época.
Tal como digo, en el volumen nos encontramos con los álbumes que Jacobs llevó a cabo para despedirse de la serie antes de coger una artritis, además de recibir el duro golpe de la muerte de su mujer. Pero antes de llegar a tan fatídico episodio de su vida, Jacobs tuvo tiempo de dejarnos nuevas muestras de su genialidad mediante títulos canónicos como “La trampa diabólica”, puro ejercicio pulp en el que somos arrastrados a una yinkana sin fin de subgéneros: desde el cómic medieval hasta el de temática relacionada con los viajes en el tiempo, pasando por la era de los dinosaurios y un futuro de tintes asombrosamente posapocalípticos. Lo dicho, un crisol de aventuras de todos los tonos y colores que, ante todo, transmite una sensación de divertimento absoluto por parte de su creador a la hora de llevarla a cabo.
En lo que se refiere al “Caso del collar”, Jacobs sufrió la censura de la época. Se ve que la violencia plasmada en este álbum, centrado en un hecho real por el cual quedó destruido gran parte de un barrio francés, hirió sensibilidades que le llevaron a adecuarse a un policial de pura cepa. Uno para el cual tuvo que prescindir de las partes fantásticas que sí se pudieron desarrollar en la serie de animación llevada a cabo, en 1997, al respecto de este cómic.
Ya para terminar, nos encontramos con el díptico conformado por “Las tres fórmulas del profesor Sato”. Inspirado en Japón, se dice que Jacobs estuvo documentándose tres semanas para saber cómo eran las papeleras en el país nipón.
Si bien su obsesiva documentación ya habría alcanzado límites difíciles de superar en su estudio sobre el antiguo Egipto en “El misterio de la gran pirámide”, aquí no se queda corto por medio de otro título sobresaliente cuya segunda parte tuvo que ser llevada a cabo por Bob de Moor, con la ayuda de Geert de Sutter, quienes ralentizan el ritmo del maestro para profundizar en la fijación por los detalles de una lectura que, a pesar de no aguantar la comparación con el nivel del maestro, sí adquiere la autonomía suficiente como para poder considerarlos unos más que dignos herederos en una colección que, a pesar de la ausencia de Jacobs, proseguirá en cuatro tomos más, sencillamente, imprescindibles.