Existían razones de sobra para pensar que el regreso de Ladytron a Liverpool no era una fecha cualquiera. La banda volvía a su ciudad de origen, reaparecía en directo tras un largo parón y lo hacía, además, justo un día antes de publicar Paradises (aquí nuestra reseña del disco), su octavo álbum de estudio. Demasiadas piezas juntas como para pensar que aquello era solo otro concierto en una agenda cualquiera en un país cualquiera. Había relato: regreso a casa, nueva etapa, nuevo disco y una banda que, después de más de dos décadas de trayectoria, parecía llegar con la necesidad —o al menos con la voluntad— de dejar claro que todavía tiene algo que decir.
Y, en cierto sentido, lo dejó claro. No tanto a base de épica, ni de teatralidad, ni de intensidad. No. Ladytron optó por otro camino: ofrecer un concierto sólido, disfrutable y muy bien ejecutado, aunque bastante menos espectacular de lo que quizá se podría esperar de una banda que siempre ha jugado con una determinada idea de frialdad elegante, sofisticación sintética y aparato visual envolvente. Dicho de forma más simple: fue bastante mejor concierto que show. Mucho mejor escucharlo que mirarlo.
La noche arrancó con “Kingdom Undersea”, uno de los temas más ochentero de su nuevo disco, y ya desde ese primer movimiento se intuía que Ladytron no llegaba a Liverpool para tirar de nostalgia. El nuevo material ocupó casi la mitad del setlist y, además, atención spoiler, sonó impecable, emotivo, vibrante y convincente. Y esta fue, probablemente, una de las conclusiones más interesantes del regreso a los escenarios: el grupo se mostró especialmente cómodo (Helen) con su nuevo material y no dieron la impresión de estar cumpliendo expediente, sino de creer ciegamente en estas nuevas y elegantes composiciones.
Porque algo sí parece haber cambiado. O, al menos, algo se ha desplazado. Ladytron no ha abandonado su ADN electrónico, ni mucho menos, pero en Paradises —y así se constató en directo— la balanza parece inclinarse algo menos hacia la pulsión de pista de baile y algo más hacia la creación de melodías hipnóticas y atmósferas ensoñadoras, siempre manteniendo una base electrónica que invita a moverse. No es que ahora se hayan vuelto una banda de pop sin más, ni que hayan renunciado a la hipnosis mecánica que siempre los ha definido, pero sí se aprecia una modulación clara: menos obsesión por el empuje puramente techno, más gusto por las arquitecturas suaves, incluso delicadas por momentos.
Aun así, Ladytron sigue siendo Ladytron, y eso significa que sus directos siguen sin ser un espectáculo de entusiasmo desbordante. Helen Marnie empezó la noche claramente tímida, fría, y no fue hasta el cuarto tema de la noche (I see Red) cuando empezó a soltarse algo y a parecer mínimamente cómoda en escena y dejar atrás esa primera sensación de estar pidiendo perdón por existir. Mira Aroyo, por su parte, permaneció toda la noche en su cápsula personal: concentrada, con la mirada baja, entregada a sus sintetizadores, interviniendo cuando le tocaba hacerlo, pero sin establecer en ningún momento una conexión visible con la sala, tampoco lo intentó. Su papel fue importante, claro, pero quien esperase magnetismo frontal, carisma expansivo o una interacción particularmente empática con el público, seguramente acabó mirando hacia otros puntos del escenario, o de la sala.
Y esos otros puntos existían: el gran motor de la noche fue la batería, con un protagonismo y presencia arrolladora. Peter Kelly tiró del carro con autoridad, entusiasmo y una energía física decisiva. Buena parte del pulso del concierto, de su respiración y de su capacidad para no caer en la rigidez sintética vino de ahí, del empuje rítmico, del músculo, de esa sensación de que había alguien dispuesto a poner sobre la mesa toda la carne que (quizá) faltaba en otras zonas del escenario. Fue él quien se erigió como el estandarte vivo y orgánico del show: energía, calor, vida.
Andrew Hunt, nueva incorporación para los directos, aportó también un contrapunto de entusiasmo y entrega. Tocando teclados, saxo y algo de percusión, apareció como una figura mucho más expresiva. Se movía, bailaba, gesticulaba y añadía una capa de viveza que contrastaba bastante con la contención casi pétrea de Helen y Mira. Y mientras tanto, Daniel Hunt permaneció más escondido, disuelto, eficaz pero discreto, ejecutando su labor sin reclamar ni un gramo de protagonismo (a mí no me miréis, decía) . Lo cual, tratándose de Ladytron, tampoco sorprende demasiado: siempre han tenido algo de banda en la que la personalidad se ejerce más por autocontrol que por exhibicionismo.
Pero la gran baza de la noche fue el sonido. Ahí sí, nada que objetar. Sonó fuerte, muy fuerte, pero además nítido, muy nítido. Cada capa de la orquestación encajando en su hueco, los instrumentos bien definidos y el volumen, aun siendo considerable, no emborronó el detalle. En una banda como Ladytron, donde conviven electrónica, percusión, guitarras, voces y texturas superpuestas, ese equilibrio no es un lujo: es más de media crítica. Y aquí funcionó. El concierto ganó muchísimo por ahí. Sonó orgánico, incluso más orgánico de lo que cabría esperar en una banda tan asociada al estigma sintético. Ese fue uno de los aspectos más logrados de la noche: la sensación de que, más allá del andamiaje electrónico, había cuerpo, aire, materia sonora real, algo latiendo.
También ayudó el formato de la sala. El Theatre de Arts Club ofrecía un ecosistema íntimo, pequeño, concentrado, en torno a unas quinientas personas, con un público marcadamente maduro, mucho cartón, mucha cana, poco movimiento; esa franja de edad en la que uno ya ni está para fingir ni quiere demostrar entusiasmo juvenil a base de saltar por obligación, y a lo sumo, mover la cabeza. La sala tenía la dimensión adecuada para que el concierto respirara sin artificio y para que el sonido luciera sin convertirse en masa informe. Había una atmósfera contenida pero receptiva, más de escucha atenta que de euforia desatada, y eso encajó bastante bien con el tipo de propuesta que Ladytron puso encima del escenario. No nos engañemos, y es que a veces el público hace exactamente lo que ve hacer a sus ídolos del escenario.
Menos convincente fue, paradójicamente, el apartado visual. Y aquí sí hubo cierta decepción. Para una banda que arrastra una reputación audiovisual importante y cuya estética siempre ha jugado con la idea de inmersión, cabía esperar algo más trabajado, más coherente o, al menos, más atractivo. Pero no fue el caso. Las proyecciones resultaron en su mayoría monótonas, repetitivas y algo caóticas. Solo en dos o tres canciones hubo una verdadera comunión entre música e imagen, algo que invitara de verdad a levantar la mirada y dejarse atrapar por la combinación de ambas. En el resto, la pantalla cumplía un papel más bien decorativo, irregular y a ratos hasta irrelevante. No hundió el concierto, desde luego, pero tampoco lo elevó.
El bis, de tres canciones, remató la noche con “Destroy Everything You Touch”, ese superhit final que Ladytron se guarda como quien saca la última bala sabiendo que ahí tiene media sala ganada. Funcionó, claro. Es difícil que un tema así no funcionara. La canción levantó a buena parte del público y aportó el cierre energético más evidente de la noche. Pero incluso ahí quedó una pequeña sensación de contención, de pequeño recorte electrónico, de fijar el punto de mira en una nueva forma de componer y experimentar.
Pero, aun así, la sensación final fue buena. Muy buena, incluso. No tanto porque Ladytron ofreciera un espectáculo total, sino porque dejó la impresión de ser una banda que entra en una etapa que le vuelve a ilusionar. Más allá de la impecable ejecución, había en las canciones nuevas una especie de brillo interno, una calidez visible, una pequeña ilusión por esa reorientación hacia un sonido más melódico, más suave, más atmosférico y menos dominado por la lógica de pista de baile. No es una reinvención, ni falta que les hace. Pero sí parece un desplazamiento real. Y, sobre todo, uno que la banda parece estar disfrutando y donde Helen parece de nuevo volver a sonreír.
Quizá esa sea la mejor lectura de esta vuelta a Liverpool. No tanto la del regreso solemne a casa, ni la del gran acto de reafirmación escénica, sino la de una banda que, tras la salida de Reuben Wu y después de años de historia a sus espaldas, parece haber encontrado un nuevo punto de equilibrio. Ladytron no deslumbró visualmente ni arrasó desde el frente, pero sí ofreció algo quizá más valioso: un concierto sólido, elegante, muy bien realizado y claramente atravesado por la sensación de que esta nueva etapa no es un simple movimiento de inercia sin alma ni ilusión, sino una nueva forma de seguir creciendo y haciendo aun más brillante su legado compositivo.
La ocasión parecía merecerlo, desplazarse casi 2000 km para asistir a la vuelta a los escenarios de una banda mítica que va atravesando decenios sin hacer ruido y con una trayectoria compositiva envidiable fue, definitivamente, todo un acierto: y es que descubrir en cuerpo y alma esa joya ensoñadora y brillante como es “Sign” en vivo, en directo, con ese arrebatador sonido y esta vez sí, con los músicos entregados, fue una experiencia bastante más que religiosa. ¿Ladytron? Sí, gracias.
