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Soleá Morente y Los Evangelistas: una experiencia religiosa

Por Jose A. Rueda 0

De acuerdo. “Una experiencia religiosa” no es el mejor título para esta crónica, pues a más de uno se le vendrá a la cabeza otro Enrique que no viene al caso. Pero no se me ocurre una frase más propia para describir la noche en la que la sala El Tren se convirtió en el templo evangélico más grande de Granada. El viernes 28 de junio se celebró la misa flamenca y psicodélica en memoria del maestro Morente. La primera de la formación al completo en Granada y el bautismo oficial de Los Evangelistas en su tierra, pues hace dos años actuaron en el Generafile cuando el proyecto estaba aún en fase de pruebas.

Arias, J y compañía lo han conseguido. Han convencido al conservadurismo flamenco gracias a su lograda disolución del género en las aguas del rock psicodélico. Los flamencólogos se han fascinado tanto que en los prolegómenos del concierto se llegó a escuchar: “aquí hay mucho flamenco”. Y es que, entre los asistentes se encontraban estratos sociales a los que ni Lagartija Nick ni Los Planetas habrían llegado nunca a acceder. La franja de edad debía abarcar de los 25 a los 60 (aún los habría por debajo y por encima de esos márgenes) y entre las “tribus urbanas” se cruzaban vestidos de volantes con camisetas de Guided By Voices.

elevaluna.tumblr.com
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Aún en la puerta del santuario, sentíamos el hedor de las velas rojas que decoraban el escenario. Al incienso se unió música clásica de principios del siglo XX, banda sonora de los poetas decadentes a los que cantaba Enrique en Alegro, Soleá y Fantasía Del Cante Jondo, y que Los Evangelistas rescatan en el disco de homenaje.

Si los heavies se enfundan chupas de cuero con el nombre de sus grupos favoritos grabados con tachuelas, Antonio Arias se personó en el escenario luciendo un chaleco negro en el que brillaban con remaches de plata las letras de “Morente”. Completaron el apostolado J, Florent, Eric y J.J. Machuca, mientras Soleá aún se escondía entre bastidores. Arias se encargó el primero de predicar el legado de Morente y, pese a que su voz fue la más apagada (culpa del técnico, que la dejó muy en segundo plano), los versos de “Gloria” y “En un sueño viniste” iniciaron la liturgia con emoción.

Al otro extremo del escenario, J exhibía sus mejores dotes interpretativas. Esas que tantas y tantas veces se han puesto en duda por su imperfecta dicción y su peculiar tono nasal. Bien es cierto que J siempre se ha mostrado más lúcido sin Los Planetas. Se ve que le entusiasman más los proyectos paralelos -llámese Expertos Solynieve, llámese Evangelistas-, será que se encuentra más cómodo cuando comparte el peso de frontman -bien con Manu Ferrón, bien con Arias y Soleá-, será que Enrique Morente es mucho Enrique Morente como para descuidar las canciones en favor de sus poses chulescas y desidiosas. “Serrana de Pepe el de la Matrona” y “Encima de las corrientes” provocaron los primeros pellizcos en el estómago. Y lo mejor estaba por llegar.

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“¡Qué se paren los relojes!”, pidió Antonio para presentar a Soleá Morente. Ella era la “cabeza de cartel” por delante de Los Evangelistas, y las canciones de Encuentro se antojaban pocas para tomar en solitario las riendas del concierto. Pero contra todo pronóstico, la pequeña de los Morente se adueñaría enseguida del espectáculo. “Malagueña de la Trini” (al alimón con J) y “No solo yo” prepararon el clímax, que llegó con “Yo, poeta decadente”. Para “Dormidos”, poco les faltó a los feligreses para ponerse de rodillas en un delirio continuo que volvió a explotar con “La estrella”. El público era suyo, pero la banda también. Soleá pasó de seguir la música para que la música la siguiera a ella -como en el flamenco más puro, en el que el guitarrista acompaña al cantaor, y no al revés-. La simbiosis era total. Todas las piezas no solo encajaron, sino también se encendieron, se echaron a arder, se fundieron, y se esparcieron por toda la sala arrollando a todos los congregados. Tras “El loco” -la más rápida de todo el repertorio evangélico-, llegó la pausa. Descanso necesario para asimilar el henchido derroche de fantasía y misticismo.

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En la segunda parte, se alternaron las canciones que quedaban de ambos discos. Las de Encuentro (“Si tú fueras mi novio”, “La sangre de mi corazón”) y las de Homenaje A Enrique Morente, en las que J y Arias cedieron espacio a la cantaora. No fue el mejor tramo del concierto (las tres voces en conjunto no cuajan tan bien como por separado), pero los feligreses estaban extasiados. A Soleá le bastaba un golpe de muñeca o un taconazo en el suelo para arrancar los olés, las ovaciones y los brazos en alto. “Decadencia” y “Amante” sonaron en esta recta final y, al igual que en el álbum, “Alegrías de Enrique” y “Donde pones el alma” (repetitiva e insípida en disco, pero colosal en directo) clausuraron la misa flamenca.

Los intentos de objetividad me los he guardado para otro día. Hoy he remarcado mi punto de vista, más que nada por contextualizar mi llegada a El Tren. Mis antecedentes eran una Soleá cuya presencia con Los Evangelistas no la veía capaz más allá del cameo puntual en Homenaje A Enrique Morente. Y un EP, Encuentro, que hasta este día no había logrado convencerme y que incluso tildé de jugarreta comercial por parte de J, Arias, Florent y Eric.

Pero ahora sí. Ahora creo en Los Evangelistas.

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