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Grushenka: Melancolía pop

Por Juanjo Rueda 0

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Nota
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La coyuntura de un determinado momento puede ser algo injusta con determinadas propuestas musicales. Eso y el hecho de que muchos de los que nos dedicamos a escribir y opinar sobre música tendemos a ser dados a dar la medallita a aquellos que parecen llegar primero, además de ser muy propensos a etiquetar y agrupar según tendencias similares. Grushenka se dieron a conocer para el mundo con un primer y prometedor EP que hizo que todos les empaquetáramos -no sin criterio- con otro grupo que entonces era compañero de sello y que se les había adelantado con el lanzamiento de su primer LP. Me refiero a Odio Paris que, a su vez, como en un juego de muñecas rusas, se les emparentaba con unos en boga The Pains of Being Pure at Heart (que recuperaban el noise, el sonido twee-pop y C-86) y también con un referente patrio como Los Planetas. Cuando llegó el primer LP de Grushenka, “Técnicas Subversivas” (2012) se escuchaba ya un cierto regusto a pulir el sonido aunque todavía enganchados -ellos y nosotros- a esos referentes, en un disco algo irregular pero que tenía -y tiene- maravillosas perlas imperecederas como el tema homónimo que abre ese disco.

Ahora, tres años después, vuelven con un segundo disco cuando sus ex-compañeros de sello Odio París todavía no han concretado un segundo paso. Vuelven con “La insoportable levedad del ser” (El Genio Equivocado, 2015) donde han torcido la cabeza hacía los años ochenta, algo que ya se apuntaba en el notable tema “Enredo interesante”, editado el pasado año, y que por desgracia no ha sido incluido en este disco. Las marañas de guitarras noise han dejado paso a otras más cristalinas y tintineantes donde los teclados y los arreglos más cuidados cogen mayor presencia y peso. Han cambiado la distorsión por arrimarse, en algunos momentos, al jangle-pop de bandas como Felt, The Smiths o The Go Betweens y, en otros, a las ensoñaciones dream-pop, en una fórmula que se ha demostrado una de las más efectivas para encapsular la melancolía pop y que, no por manida, sigue funcionando perfectamente cuando se da en la diana (“Maltratarse y asustarse”, “Viaje Lisérgico”, “Bipolaridad”, “La belleza interior”, “No queremos verte más”, o la muy The Cure “La insoportable levedad del ser”). Sus once temas desprenden o buscan una belleza lánguida, buscando captar lo hermoso dentro de lo gris y feo de nuestro alrededor (como ocurre en la magnífica foto de portada de Joan Guerrero). El aroma de los primeros Planetas no se pierde en este nuevo disco y rezuma en los medios tiempos “Nueva era existencial” (quizá su particular “Toxicosmos” pero sin estallidos guitarreros) y el buen broche final de “Un mundo feliz”. En el debe de la banda está el que algunos momentos, algunos temas, no están a la altura como “El eterno retorno”, “Nos encanta hacerlo todo mal” (donde la peligrosa sombra de Dorian acecha) y “La procesión va por dentro”; o que en ciertos pasajes, la lírica resulta algo tópica o pecan de cierta ingenuidad, pero, en conjunto, los aciertos gobiernan en un disco que debería hacerse un rinconcito en los corazones y oídos de los amantes al pop más emotivo y melancólico.

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