Nadadora – Mañana y siempre
Por atrás0

Pues sí, uno de nuestros anhelos más secretos se ha hecho realidad: el retorno de Nadadora. Tres lustros después de la publicación del más que reivindicable “Luz oscuridad, luz” (2010), nuestro panorama pop ha cambiado totalmente el rostro, pero también se ha abierto la escotilla de la nostalgia, que ya no es eso, sino reivindicación de una manera de entender la recontextualización del indie pop anglosajón a través de la guía de ruta definida por grupos como My Bloody Valentine, Pale Saints, New Order, Cocteau Twins, The Cure, Slowdive, entre otros reflejos vampirizados con rúbrica propia por parte del icónico quinteto de Vigo.
Seguramente, la muestra más brillante de dicha estirpe anclada en los parámetros que van del shoegaze al dream pop, pasando por una caligrafía de aura synth que da cuerda a media docena de gemas encapsuladas en veintiún minutos de exuberancia altamente contagiosa. No en vano, tras terminar la escucha de “Mañana y siempre”, la tentación es caer en frases hechas como “ya no se hacen discos así” y similares. No obstante, cuando nos referimos a este trabajo hay un poso de verdad en dicha clase de afirmaciones.
Y es que, tras las exhibiciones en la sombra de Gente Joven, Ofrenda Floral o Blacanova, durante la ausencia de Nadadora no se había vuelto a dar una manifestación tan sembrada, a nivel nacional, de lo que significa armar un discurso que apela a la intimidad universal de una manera de hacer las cosas de sobras conocida, pero casi imposible de llevar a un estado de empatía tan intensa como lo pueden conseguir hitos como “1997” o “Bailaremos”. Dicha dupla corresponde al arranque de un mini-LP que desborda por su capacidad de presentarnos las virtudes más sobresalientes de Nadadora con un esplendor que lo convierte en su disco más equilibrado y rayano a la perfección hasta la fecha. Un retorno de esos que no sólo están más que justificados, sino que también curan el mono de todos los que aún pensamos que las teorías sobre la muerte del pop tal como lo conocíamos, expresadas por adalides de la filosofía musical como Brian Eno y Simon Reynolds, aún puede tardar unos años más en hacerse realidad. Y más, con botes salvavidas como el que nos ha lanzado uno de esos grupos cuya mera existencia apela a una sensación de orballo emocional sólo posible por formaciones con sello del norte.
