Los cordobeses colgaron el cartel de sold out.
“Bajo a la mina a recoger mineral del que se componen todas mis canciones”. Esto canta Cándido en ‘Ranchera de la mina’, y aunque esa mina refleja su oscuro interior el paralelismo con el duro trabajo de los mineros, picando sin descanso podríamos extraerlo para colgárselo a estos cordobeses que el pasado viernes 2 de febrero consiguieron llenar una sala como La Paqui, con casi mil personas, fruto de ese incansable trabajo, pico pala, hasta llegar aquí. De tocar en la Moby Dick, subir a Caracol, pasando por el Teatro de La Latina con los coletazos de la pandemia, el Lula Club más recientemente y ahora en uno de los templos de Malasaña.
Criados en la escena hardcore/screamo, con el paso de los años y discos han ido tamizando su sonido abriendo el paso a nuevas sonoridades hasta llegar al brillante mineral que es Cancionero de los cielos, publicado desde su propio sello Fueled by Salmorejo el pasado 19 de enero. Precisamente con dos temas aperturistas comenzaron: la shoegaze ‘Perfect blue’, a juego con la identidad del álbum y las flores repartidas entre los asistentes y que poblaban el escenario, y la futurista ‘Jupiter and Beyond the Infinite’ que supuso la aparición de uno de los varios invitados que tuvo la velada: Erik Urano. Una apuesta fuerte recibida con júbilo, a pesar de algún que otro percance en la primera parte del set (problemas con la pedalera de Jaime o cambio del bajo de Ángel en mitad de un tema). Pero estos contratiempos no fueron para nada un problema, tirando hacia delante, pasando por momentos emotivos, festivos, de gritar a pleno pulmón.
Poco dado a hablar, Cándido sí que quiso dedicar el bolo a Ángel Molina, músico cordobés y fundador de la Escuela de Música El Gato, recientemente fallecido. “Sin él no estaríamos hoy aquí”. ‘Annapurnas’ fue uno de los primeros momentos en los que el grupo mostró la fuerza de sus antiguas composiciones (Ulises solo lo visitaron en dos ocasiones), y con ‘Nana de la luna pena’ pudimos disfrutar del emotivo cierre de mano de Sara Zozaya.
Fueron cayendo poco a poco el resto de cortes de su Cancionero: ‘Vernissage’, ‘Chéjov y las Gaviotas’, ‘Gemini’, ‘Ranchera de la mina’, ‘El Cristo de los Faroles’, ‘Saturno devorando a su hijo’ o ‘Elena observando la Osa Mayor’, intercalando ‘Un relato’. La quinta marcha metida, el público entregado, gritando los temas, pogueando, una comunión perfecta que tras más de una hora encaraba su último tercio. Y qué mejor manera de encararla que visitando su célebre primer álbum Flores, carne de 2014, empalmando ‘Báltica’, ‘De carne y flor’ y ‘Madreselva’. La sala se convirtió en una olla express que cogió algo de aire con ‘Un tragaluz’, una de las mejores canciones de su último disco.
La guinda al sudoroso bolo la puso una frenética ‘El gran danés’ en boca de Eric Montejo, vocalista de unos Boneflower que supieron jugar sus cartas de una manera notable ante un público entregado con la causa. Tras ella ‘Ravenala’, fuego y gritos. Difícil poner en palabras tantas emociones de una banda que parece vivir su mejor momento y cuyo techo parece no tener fin.
Galería de Viva Belgrado en Madrid









