El grupo anuncia una interesante gira para los meses de otoño.

Nunca es tarde para abrir nuevos camino y Belako lo van a hacer en su nuevo trabajo; y es que la formación vasca experimentará en Sigo Regando con la mezcla de idiomas. Al uso del inglés le acompañará el castellano por primera vez, sirviendo como muestra su nuevo single: “Sangre Total”. Un corte punk, en la onda al sonido que facturan La Élite, donde Josu Billelabeitia (guitarrista y productor del tema) toma el protagonismo vocal junto a Cris.

Este tema es el segundo adelanto, tras “White Lies”, de un disco que llegará a las tiendas y plataformas digitales el próximo 8 de septiembre, pero que ya puede reservarse a través de su web, FNAC, El Corte Inglés y Amazon. Los que lo compren de esta forma recibirán junto al disco las instrucciones para ver al grupo interpretando todas las canciones del disco en un entorno inmersivo desde dispositivos de realidad virtual (Meta Quest) o móvil o tablet como nunca antes se ha sentido.

Además, por si no fuera suficiente, Belako han confirmado una extensa gira por salas para otoño que sirve como complemento a las distintas fechas que tienen este verano por distintos festivales.

Belako – “Sangre Total”

Gira por salas de Belako

5 de octubre: Oviedo (La Salvaje) – entradas
13 de octubre: Bilbao (Kafe Antzokia) – entradas
27 de octubre: Lleida (Cafè del Teatre de l’Escorxador) – entradas
28 de octubre: Zaragoza (Espacio Las Armas) – entradas
29 de octubre: Logroño (sala Fundición) – entradas
3 de noviembre: Toledo (Círculo del Arte) – entradas
4 de noviembre: Cáceres (Boogaloo Café) – entradas
9 de noviembre: Alicante (sala Confetti) – entradas
10 de noviembre: Valencia (sala 16 Toneladas) – entradas
11 de noviembre: Castellón (Terra) – entradas
24 de noviembre: Badalona (Estraperlo Club del Ritme) – entradas
8 de diciembre: Sevilla (sala La 2) – entradas
9 de diciembre: Granada (sala Planta Baja) – entradas
10 de diciembre:- Córdoba (sala Hangar) – entradas
15 de diciembre: Vigo (Mondo Club) – entradas
16 de diciembre: Valladolid (Porta Caeli) – entradas

Tema que cerrará el álbum.

El dúo británico JOHN, del que ya os hablamos hace unos meses, vuelve a ser noticia por el lanzamiento de un nuevo adelanto del que será su nuevo álbum. “The Common Cold” es otro de los cortes que aparecerán en A Life Diagrammatic, un disco que se pubicará el 22 de septiembre a través de Brace Yourself y Pets Care Records, y del que ya nos han avanzado “Trauma Mosaic” y “Service Stationed”.

El álbum, grabado por Tom Hill en The Bookhouse, mezclado por Seth Manchester (METZ, Big Brave, Battles) y masterizado por Frank Arkwright (Arab Strap, Squarepusher, Autechre), ya puede reservarse a través del Bandcamp del grupo.

JOHN – “The Common Cold”

Foto de portada por Paul Grace.

Hoy 13 de julio se celebra el Dia Mundial del Rock, un universo sonoro reconocido como alternativo, contestatario y comprometido con las causas más nobles. Pero, ¿qué hay de cierto en todo eso? Desmontemos cinco de los mitos del rocanrol.

El 13 de julio de 1985 se montaron dos escenarios separados entre sí por más de cinco mil seiscientos kilómetros: uno en Filadelfia y otro en Londres. El evento era el mismo: el Live Aid, un megaconcierto benéfico que recaudó fondos para paliar la crisis de hambruna que atravesaban los países del cuerno africano. Al acto se presentaron más de veinte (en Inglaterra) y de treinta (en Estados Unidos) artistas de la talla de The Who, Queen, Status Quo, Elvis Costello, Sting, U2 o Dire Straits en el estadio de Wembley; y Judast Priest, Neil Young, Led Zeppelin, Bob Dylan, Tom Petty, Billy Ocean o Black Sabbath en el ya derribado estadio John F. Kennedy. Estos últimos acabaron el espectáculo con el mil veces escuchado coro de «We are the world, we are the children». Desde entonces, todos los 13 de julio se conmemora el Día Mundial del Rock.

La música rock y buena parte de sus subgéneros gozan de muy buena prensa en todos los países occidentales, hasta el punto de ser considerada la quintaesencia de la música popular contemporánea. El rocanrol se posiciona como música de indudable calidad, carácter combativo, comprometida con las clases más débiles y completamente alejada de la industria mercadotécnica del pop. Pero, ¿estamos seguros de todo esto? ¿Qué hay de verdad y de mito? A continuación, impugnaremos algunas de las afirmaciones más consolidadas sobre el género roquero.

1. El rock es lo contrario del pop.

En esta base se sustenta buena parte del mito del rock, por lo que es justo y necesario dinamitar esta falacia para que caigan, cual castillo de naipes, todas las demás mentiras del rocanrol. Para comprobar si de verdad pop y rock son antónimos habría que definir con precisión ambos conceptos, lo cual sería una tarea inabarcable para este humilde artículo. Como ambos subgéneros nacen y crecen en entornos anglosajones, nos guiaremos por el diccionario Oxford de la lengua inglesa para contrastar ambas acepciones. Según este, el rock and roll se resume en «un tipo de música, popular en los 50, de ritmo contundente y melodías sencillas». Mientras que la pop music se define como «música popular, de los años 50, generalmente de ritmo contundente y melodías sencillas, a menudo en contraste con el rock y el soul». ¿Lo adivinan? Sí: el rock y el pop son la misma cosa, solo que el pop contrasta —el diccionario Oxford no explica cómo— con otros géneros como el soul y el rock.

Este contraste podría ser el que comenta el musicólogo David Hesmondhalgh en su ensayo ¿Por qué es importante la música?, donde las diferencias entre el rock y el pop se fundamentan en las letras. De acuerdo con Hesmondhalgh, el rocanrol se rebela contra la moral victoriana desplegando un repertorio de versos lascivos, odas al amor efímero e invitaciones al sexo ocasional. Mientras que el pop conservaría unos valores más románticos en este aspecto. Pero aparquemos estas investigaciones del musicólogo británico para más adelante y desvelemos el por qué los roqueros se autoperciben en el ala opuesta al pop.

La palabra «pop» presenta aun más polisemia que el anglicismo rock’n’roll. Como apócope de «popular», que se escribe y significa lo mismo en inglés y en castellano, el pop hace referencia a las artes pertenecientes o relativas a un pueblo. La música pop se circunscribe, entonces, a los cantos y a las melodías peculiares de un conjunto determinado de personas, ya sea una etnia, una región o un país. Esto se puede confundir con la música folclórica, pero hay un matiz importante por el que se diferencian. El folklore, con ka, es otro anglicismo —vaya por Dios—, que combina folk (pueblo) con lore (conjunto de tradiciones o sabiduría popular). Respecto a lo musical, el folclore, con ce, se delimita a los cantos y melodías de tradición oral, divulgados entre generaciones de boca a oreja y sin más partitura que la memoria. El folclore es pop, pero tradicional: música popular tradicional. Por contra, el pop que no es tradicional se origina en el siglo XX cuando las músicas populares ya no se transmiten de boca a oreja, sino por medios electrónicos. Las cinco décadas que van desde las primeras transmisiones de radio durante el último coleo del XIX hasta la implantación del disco de vinilo en 1948 bifurcaron los caminos de la música popular. Por un lado, prosiguió el folclore o música popular tradicional y, por otro, nació el pop o la música popular contemporánea. La década de los 50 —la que el diccionario Oxford establece como el inicio del rock y del pop— es el punto de partida de esta nueva música popular contemporánea.

El rocanrol se desarrolla en los 50 a partir de acelerar el blues y robustecer el soul, géneros negros de música popular estadounidense. A ello se añade otro desarrollo tecnológico no menos importante que el de la grabación musical en soportes físicos: la electrificación de la guitarra y del bajo. Entonces, si el rock evoluciona desde estilos populares de música tradicional, el rock ya no es tradicional. Es decir, el rock no es folk. El rock es música popular contemporánea. En otras palabras: el rock es pop.

He aquí la primera mentira desmontada del rocanrol. El rock no es el antónimo del pop. El rock es casi lo mismo que el pop; si es que éste, el pop, se puede delimitar como género. Pero lo que sí queda muy claro aquí es que el rock pertenece al pop; porque esto, el pop, es un conjunto de músicas populares contemporáneas y no un género definido. El rock, junto a la disco, el rap o el reguetón —por poner algunos ejemplos—, son músicas populares contemporáneas. Y todas las músicas populares contemporáneas son pop.

Guns N' Roses anuncian fechas en España
Guns N’ Roses en una de sus visitas a España.

2. El rock es alternativo y el pop es comercial.

Desmentido el supuesto binomio antitético «rock-pop», habría que averiguar qué hay de cierto en el halo alternativo que suele desprender el concepto «rocanrol». Cuando brotaron las músicas populares contemporáneas en la década de los cincuenta, el rock ocuparía pronto un puesto hegemónico. Primero, en los países anglosajones, donde superó a los cantantes melódicos y al smooth jazz como números uno en ventas. Desde ese instante, la música de guitarras eléctricas y ritmos corpulentos dominaría el mercado en las siguientes cuatro décadas. Sí: nada más y nada menos que cuatro décadas en las que los grupos de rock, en sus vertientes más afamadas de cada momento (psicodelia, progresivo, new wave, grunge…), han reventado el mercado occidental: Beatles y Stones en los 60; Eagles, Fleetwood Mac, Pink Floyd, Led Zeppelin y Meat Loaf en los 70; AC/DC, Bruce Springteen, Dire Straits y Guns N’Roses en los 80; y Nirvana, R.E.M. y Metallica en los 90. Sin olvidar el verdadero artífice del éxito comercial del rock durante el segundo lustro de los cincuenta: Elvis Presley, ladrón de ritmos afrodescendientes de Estados Unidos e icono del buen blanquito norteamericano.

En España y en otros países castellanoparlantes, desplazar el dominio de la música melódica y del folclore nacional se antojó más difícil que en el mundo anglo. Pero la música de guitarras eléctricas lograría también un éxito paralelo, una falsa música alternativa a la hegemónica, que en cada una de las décadas mencionadas ha tenido su sitio en el mainstream patrio: el yeyé de los 60 y 70 (Los Brincos, Los Bravos, Conchita Velasco, Karina), el rock progresivo de raíces (Triana), el nuevo rock urbano (Burning, Leño), toda la nueva ola ochentera (Los Secretos, Radio Futura, Nacha Pop) y la consolidación de esta como «rock de estadio» durante los noventa (Héroes del Silencio, Loquillo, Extremoduro). Por nombrar algún referente hispanoamericano de éxito, Argentina parió el rock más comercial del cono sur (Soda Estéreo, Enanito Verdes, Charly García, Fito Páez) y México no quedó atrás con el éxito abrumador de Maná.

Probablemente muchos de nuestros estimados lectores no consideren «rock» a buena parte de los grupos hispanos aludidos. Puede que en nuestras esferas alternativas, el éxito comercial del rock en español se pague más caro que el éxito comercial del rock anglosajón. Asimismo, al rock en nuestro idioma se le exige mayor pureza. Y esta pureza obliga a los artistas bien a asemejarse lo más posible a la raíz inglesa (en los noventa, lo más alternativo en España era cantar en inglés, aunque Dover, Australian Blonde o Undrop sonaran en anuncios de refrescos de cola) o bien a acentuar los rasgos más ásperos del rock. Así, el españolito medio tiende a tolerar los medios tiempos e incluso las baladas del rock en inglés (y, en general, la rama más poética y sensiblera de este); pero por el contrario le exige más contundencia y mucha agresividad al rock en español porque, de no ser así, no será rock, sino pop. Como mucho «pop-rock», pero siempre «pop» en sentido despectivo.

Volvamos ahora a la definición de «pop» como estilo musical cincuentero que, al igual que el rock, se estructura en ritmos potentes y melodías pegadizas. La diferencia que estableció David Hesmondhalgh (recordemos: rock, más lascivo; pop, más casto) se traduciría en una dulcificación de las melodías y de los ritmos. Pero lo que han observado otros estudiosos es que la verdadera diferencia entre el rock y el pop es recalcada por la mayor o menor conservación del germen negroide. Las principales músicas populares contemporánea surgen del soul y del blues. De aquí brotan el rocanrol, primero negro (Rosetta Tharpe, Chuck Berry, Little Richard) y luego blanco (Elvis). Pero también brota el sonido Motown, perpetrado y propalado por artistas afroamericanos como The Miracles, The Temptations, The Supremes o los Jackson Five. En aquellas décadas —los 60 y los 70— los negros de Estados Unidos tenían prohibido por ley alojarse en los mismos hoteles que los blancos, tampoco podían comer en los mismos restaurantes y tenían que usar aseos diferentes. Para aquellos años, el rock ya se lo habían apropiado los blancos, que nombraron rey a Elvis Presley. A la par, el resto de músicas provenientes del soul y del blues tuvieron que quedarse en el saco del pop. Un artista negro de la Motown, Michael Jackson, fue proclamando rey, pero rey del pop. El pop fue así entendido como algo menor al rock. El pop es negro. El rock es blanco. Sí, queridos lectores: La dicotomía «rock-pop» tiene este turbio origen supremacista.

Para más señas, en los años 70 el rock blanco se profesionaliza. Los músicos perfeccionan su técnica a los instrumentos, siendo especialmente valorado el virtuosismo a la guitarra eléctrica. También los conciertos salen del mugriento garito para emplazarse en espacios abiertos con grandes escenarios, impresionantes equipos de luces y hasta montajes escénicos de primer nivel. En esta década, el rock (el rock blanco) pretendía salirse del pop. El rock no quería pertenecer a la música popular y fantaseaba con dar un salto más allá para encaramarse a las músicas de respeto académico. Algunos, como Pink Floyd, se atrevieron a llamarse «sinfónicos», creyéndose una orquesta clásica en vez de una agrupación popular. El rock, en su intento de desligarse del pop, no hizo más que aburguesarse, que tomar el ascensor social de la ideología neoliberal para subir unas plantas más arriba. Abajo, en el sótano, dejaron a los negros, como ya vimos, pero también a otros colectivos de la clase obrera —esa que a finales de aquellos setenta explotarían en el punk—. La dicotomía «rock-pop», además de racista, es también clasista.

3. El rock se compromete con las clases desfavorecidas.

Visto ya cómo el rock blanco formó parte de la cultura racista de los Estados Unidos en los 60 y cómo se enraizó con el inicio de la era neoliberal en los 70, nada quedaba ya de alternativo y, mucho menos, de antisistema en el orbe roquero. El único sistema que derribó el rock primigenio fue el moral. La represión sexual de la iglesia anglicana, enfatizada desde el siglo XIX durante el mandato de la reina Victoria de Inglaterra, encontró en el rocanrol de los 50 su mayor oponente. La población negra, corporalmente policéntrica y musicalmente más dada al ritmo sincopado, contorneaba sus cuerpos al son de una música que, cantara lo que cantara, desprendía sensualidad y atrevimiento a ojos del ciudadano blanco. El movimiento de caderas de Elvis inspiró un rock deslenguado y provocador, que empuñó la temática afectivo-amorosa como arma. El rock blanco, al contrario que el negro, no contó con demasiadas representantes femeninas. Así las cosas, el punto de vista netamente masculino ha hecho envejecer muy mal a este rock sexualmente disidente. Al igual qu el cine español del destape, donde se mostraban pechos por doquier solo porque antes estaba prohibido por el nacional-catolicismo, el rock anglosajón contaba historias de sexo fácil, en los que la mujer era reducida a un juguete sexual. El contenido machista del rock anglosajón se infló con el tiempo, siendo muy habitual contar historias de violaciones («Brown Sugar» de Rolling Stones») y de asesinatos («I Used to Love Her» de Guns N’Roses). El rock no ha tratado de acabar con el sistema heteropatriarcal, sino que lo ha venido apuntalando hasta nuestros días. Himnos roqueros del siglo XXI vomitan letras tan asquerosamente machistas como «Are You Gonna Be my Girl» de Jet. Y si la barrera idiomática supone una excusa, en España se han escrito estrofas misóginas que hemos cantado todos en conciertos de Los Ronaldos, Loquillo o Los Planetas.

Además de comercial, el rock hegemónico ha sido y sigue siendo racista y machista. El surgimiento de bandas como Måneskin (en la foto principal), igual de celebrados por los puristas del género que por el jurado de Eurovisión, no hace más que ponerlo de manifiesto. Pero en occidente seguimos tapándonos los ojos con la venda anglocapitalista.

LOQUILLO
Loquillo, tótem del rocanrol español.

4. El rock es antisistema.

Si el sistema occidental es turbocapitalista y neoliberal, y la sociedad resultante es machista, homófoba, racista y clasista, queda demostrado cómo el rock es un acicate del sistema y en absoluto una amenaza para este. Incluso el punk fue muy pronto absorbido por el neoliberalismo y, aunque sus feligreses presuman de autogestión y suficiencia (ya no entran aquí «vendidos» como Green Day, Sex Pistols o El Drogas), el colectivo punk no deja de ser a día de hoy un reducto posmoderno de la era de la red social, pues basan su ideología en un estilo de vida superficial en el que priman la estética diferencial, el discurso epatante y el consumismo obediente. Un consumismo, eso sí, interno y antiglobalista. Pero consumismo al fin y al cabo. Los punks actuales del mundo hispano se han asimilado al viejo roquero: son puristas y reaccionarios, ven «comercialidad» en cualquier innovación sonora o mejoría técnica, y reducen su noción de «alternativo» a cualquier canción agresiva y henchida de testosterona. Los punkies son los nuevos «pollas viejas».

Del punk floreció el ideario indie. Primero, como organización discográfica que alardeaba de independencia con respecto al gran negocio de la música. Luego, como conjunto de subgéneros roqueros que rehuyen el virtuosismo y la épica de los setenta: el post-punk, el noise, el shoegaze… Y, en España, como rock alternativo al establecido, incluyendo en «establecidos» tanto a los grupos de estadio (Héroes del Silencio) como a trasnochados machirulos ya nombrados (Loquillo). Pero la suavidad del indie-rock español (indie-pop según los puristas) lo convirtió en demasiado amable para el sistema, que pronto lo devoró. Y no lo hizo dándole un bocado a las discográficas independientes, sino que se abalanzó sobre la industria de los festivales de música. Lo que antaño era Woodstock en Estados Unidos o Canet Rock en Cataluña, hoy son macroeventos de rock festivo patrocinados por grandes marcas de cerveza y otras empresas filocapitalistas como bancos, automóviles, gafas de sol o portales inmobiliarios. Se llame Azkena, Mad Cool o Primavera Sound, todo el rock de festivales ya dejó de ser alternativo. Nada que ver con el espíritu indie de los noventa. Ahora los festivales de rock se comportan como las emisoras de radiofórmula: los grupos que giran en macrofestivales como cabezas de cartel son los nuevos «discos rojos» de Los 40 Principales.

5. El rock es mejor que la música local.

En el proceso de alienación capitalista, que lleva consigo un fenómeno de aculturación, venimos desde tiempos de Franco abandonando nuestro folclore, nuestro pop tradicional, en pos de una música popular contemporánea muy alejada de nuestra condición. Menciono a Franco con intención, pues su régimen trajo a España las bases militares estadounidenses. Por medio de ellas, entró el rocanrol en España. También en los últimos 80, los acuartelamientos yanquis de Zaragoza y Torrejón fueron cruciales para la entrada del rap. Lo decía con ironía el cómico argentino Darío Adanti: «No entiendo por qué en España odian a Franco. ¡Si gracias a él llegó el rock!».

Se puede explicar, también por el franquismo, que el sector poblacional más arrimado a la izquierda sienta aversión hacia el folclore patrio. El nacionalismo español nos hizo tragar con embudo expresiones populares como la copla, el flamenco o la jota aragonesa. Tampoco hicieron mucho bien programas hispanófilos como 300 Millones que, por emitirse en la televisión nacional de entonces, extendió entre las gentes progresistas la repulsa hacia todas las músicas en nuestro idioma.

Lo que no se entiende es que el rock anglosajón —capitalista, racista, machista y clasista— cuente con el beneplácito ya no solo de la población española en general —no hay que sorprenderse de que roqueros como Sherpa se muestren abiertamente de derechas—, sino de los colectivos de izquierda en particular. Tanto o más combativos que el rock fueron la rumba española de arrabal o la salsa nuyorriqueña. Los corridos mexicanos, especialmente el narcocorrido, no pueden ser más antisistema. Y el reguetón… ¡Ay, el reguetón! Todo lo que tenía que decir del reguetón ya lo dije en este artículo, pero valga este resumen: el reguetón es música de clase obrera, popular, urgente, apegada a la tradición local y que, por mucho que existan algunas letras desmesuradamente sexuales, el reguetón jamás ha alcanzado el nivel de misoginia que sí destila el rock de los países angloparlantes.

Urge replantearse la situación. Ninguna revolución obrera ha unido a un pueblo sin que paralelamente haya profundizado en sus raíces y haya engrandecido sus costumbres. La cultura anglosajona y hegemónica del rock es una cultura invasora, depredadora. Hay que acabar con ella. Podría haber escrito esto para defender que el rock con acento regional —las acertadas fusiones entre rock y flamenco, cumbia y rock, salsa y rock, etc.— también es rock, pero sería una tarea inútil. El rock está excesivamente implantado en el cerebro del purista alienado, por lo que intentar convencerle de que otro tipo de rock es posible supone una monumental pérdida de tiempo.

Santiago Auserón en su recomendable ensayo El ritmo perdido llega a proponer una alternativa a la palabra «rock» con el fin de incorporar un nuevo y más elástico vocablo al acervo lingüístico del idioma español. Esta palabra ya existe y es «rumba». ¿Qué hace un roquero español sino rumbear? ¿Acaso la rumba no se traduce en subgéneros tan variopintos como los que hay en las ramificaciones del rock? Pero el propio Auserón reconoce que no sería viable consolidar «rumba» como sinónimo de «rock» y que este seguirá teniendo apellidos como «rock latino», «rock hispano», «rock español» o «rock en español». Apellidos que son en verdad adjetivos especificativos; es decir, que especifican el tipo de rock al que alude. El rock está muy afianzado en su condición de cultura anglosajona. El rock español o latino será, tristemente, un género menor del rock.

Hoy, 13 de julio, al igual que los 12 de octubre, no hay nada que celebrar. Solo podemos reflexionar y proponer un cambio. El semántico es, en esta era posmoderna, un interesante punto de partida. Pop en vez de rock. Pop con orgullo, sin ningún atisbo de desdeño. Pop como lo que es: música popular contemporánea. Contemporánea, porque es de nuestro tiempo. Popular, porque pertenece a nuestros pueblos, a nuestras raíces, a nuestras tradiciones. Musicalmente tenemos un panorama de rock… Perdón, de pop muy interesante: Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, Rodrigo Cuevas, Guadalupe Plata, Baiuca o Compro Oro son algunos ejemplos de arrebatos folclóricos llevados a la música moderna. Pero Carolina Durante, Monte Terror, La Paloma, Biznaga o Somos La Herencia continúan una especie de tradición reciente, forjada en los 80 y 90, de un pop alternativo copiado del inglés y del estadounidense pero amoldado a nuestra lírica y, por ende, a nuestra usanza musical. ¿Y qué decir de las llamadas músicas urbanas o del nuevo pop de dormitorio? RVFV, Casero, Sen Senra, Depresión Sonora… Una mixtura de influencias occidentales entre las cuales lo hispano acaba por inclinar la balanza hacia nuestra cultura.

Hoy 13 de julio de 2023 a lo mejor es el día en que tenemos que acabar con el rock.

Entrevistamos al ecléctico músico Charles Lavaigne con motivo de la salida de su quinto álbum de estudio, La Niebla. Dominicano afincado en Madrid, Charles nos habla de los caminos que convierten a una persona en músico, de las vicisitudes de grabar en pandemia y de la presentación de su nuevo disco que tendrá lugar el 14 de julio.

Charles, háblanos un poco de tu trayectoria musical. ¿Cómo y cuándo empezaste a ser músico?

Creo que el proyecto de Charles Lavaigne empieza de forma un poco accidental. Yo no tenía planeado hacer música pero quería hacerle un regalo a mi novia de entonces, y no tenía dinero. Decidí hacerle una cinta de casete con canciones con mi guitarra. Resultó que había muchas grabadoras en mi casa y empecé a experimentar con ellas. Eso no funcionó porque cada una iba a diferentes velocidades. Pero ya tenía la idea en mi cabeza y contacté con un antiguo compañero de piso, Jordi Torres, que había estudiado en Berklee.

¿En la prestigiosa escuela de música?

Exactamente. Le hablé de lo que quería hacer y él me dijo que me pasara por su casa, que tenía un pequeño estudio. Empecé a grabar unas partes guitarras, estrofas y estribillo. Después canté encima y él me dijo que ok, que ya estaba. Yo le dije “no no…es que yo quiero grabar nueve o diez canciones”. Después la sorpresa, él accedió. El segundo día le llevé una canción que acabo siendo “Let´s call it Love”, de mi primer disco. Estuvimos grabando más temas,,,y nos tiramos así unos meses.

Pero, ¿y el regalo?

La fecha del regalo había pasado, pero yo le prometí a mi novia que el regalo estaba en camino, que era una sorpresa. El resultado fue de nueve temas, y el feedback fue tremendo entre amigos y familiares. En esa demo había temas que salieron en mi primer disco, mi segundo y mi tercero. Mis amigos me animaron a dedicarme a esto más en serio.

Tu primer disco, “The Birdfish”, salió unos años después, ¿no?

Sí, yo había estudiado cine, y creía que me iba a dedicar a eso. Pero en una película metieron una canción mía, también participé en concursos de bandas, quedando bastante bien… así que pensé que quizás podía cambiar y empezar una carrera musical. Me alié con Alberto Santos Veloso, al que conocía de antes, y que hizo las funciones de productor a partir de ese momento. Jordi, el productor de la demo, siempre priorizaba grabar las canciones más serias y solemnes. Pero con Alberto grabé las canciones más pachangueras y más “de coña”, por así decirlo. Y nació “The Birdfish”.

Recuerdo cuando escuché música tuya por primera vez, y fue precisamente “The Birdfish”. Mi primera reacción fue de sorpresa, de pensar “¿de dónde ha salido este tipo?”. Después escuché tus otros discos hasta el relativamente exitoso “Zafa!”, de 2019. ¿Has evolucionado, en tus gustos y tu manera de componer, a lo largo de estos años?

Sin duda. “The Birdfish” y “Songs for Carlos Aguinaldo” se compusieron a la vez, de hecho son como las dos caras del mismo disco, siendo “Aguinaldo” la cara más seria. Para mi tercer disco, “Tales of Image and Imagination” grabé todos los temas que me quedaban. En ese momento hay una pausa, porque yo volví a vivir a República Dominicana. Aunque mi intención era quedarme allí acabé pasando solo una temporada… pero musicalmente fue muy importante porque entré en contacto con muchos músicos de allí, algo más caribeño, más roots. Allí estuve aprendiendo músicas propias de la República Dominicana, más allá de merengue, bachata y salsa. Estudié y jugué con armonías nuevas, di a conocer mi música en Dominicana, también viaje y toqué en Nueva York…Fue un tiempo muy productivo, pero acabé volviendo a España en 2016. Una vez en España, asimilé todos esos conceptos y experiencias y compuse Zafa!.

Hablemos de “La Niebla”. Tengo la sensación de que es un disco producto de la pandemia. ¿Cómo se compuso? ¿Y cómo se grabó después?

Yo tenía ya escritos un par de temas de la época de “Zafa!”, pero el disco se compuso mayormente en la pandemia. Coincidió además que descargué una aplicaciones de sintetizadores, y empecé a trabajar con eso. Sobre la canción “La Niebla”, fue la primera que empecé a componer durante el confinamiento y la última en estar lista. Al principio tenía una intro que quité, se volvió una canción mucho más solmene. Y los sintes fueron importantes, porque estuve probando varios diferentes.

Yo tengo que decir que los sintetizadores en “La Niebla” surtieron su efecto. Me parece una canción sobrecogedora desde el primer momento que la oí.

Gracias. La verdad es que mereció la pena ese trabajo. Es una canción extraña, emparentada con “Treehouse” de mi disco anterior, y con gran cantidad de música soul que estaba escuchando en aquel momento. Por entonces escuchaba Solange, Michael Kiwanuka…eso influyó, sin duda.
Otro factor que tengo que mencionar es el técnico. En aquella primera fase, trabajando solo, eramos yo , mis guitarras y mis equipos. Pues bueno resultó que cambié de ordenador e invertí un poco más en programas de edición musical, y el resultado es que las maquetas ya eran próximas a lo que yo quería, a lo que sería la versión definitiva.
En cuanto al concepto, para mí este es mi disco más pop, y he dado prioridad a melodías pegadizas, ya sean vocales o instrumentales (Charles tararea fragmentos de “As I went out merrily” y de “A Seed”).

Desde luego, son pegadizas. Y después de todo aquello, ¿cuándo se grabó el disco?

Se grabó en Diciembre de 2020, meses después del confinamiento. Y la verdad es que fue bastante accidentado.

¿Por qué?

Hay una cosa…yo creo que lo que más me gusta en el mundo es componer. Y durante la pandemia pude componer lo que yo quería con absoluto control. Parece que el control es algo que me gusta, pero la vida me enseña una y otra vez que muchas cosas no se pueden controlar. Vamos, que la vida es caos.

Suena a que tuviste problemas.

Dentro de aquel contexto de locura y paranoia, tras un año en que nos había pasado de todo, resultó ser una grabación muy difícil. Grabamos con Óscar Moreno, Ojo (técnico de sonido) en su estudio El Purgatorio. Me llevo muy bien con Ojo desde que grabó las cuerdas en “Zafa!”, somos muy amigos. Como productor escogí a Israel Marcos, que también había sido mi productor en “Zafa!”. Pero después de varias sesiones vimos que la cosa no estaba funcionando. Grabamos dos sesiones en Madrid y una en Barcelona, con mucha tensión y con mascarillas. En Barcelona grabábamos voces y se notaba que no estábamos bien, porque en la voz se refleja todo. Imagina que para dos temas de este disco acabé cogiendo las voces de la demo, las que yo grabé en casa.
Hubo problemas con Isra a mitad del proceso, antes de la mezcla. Hubo malentendidos y diferencias creativas y decidimos separarnos. Una pena, porque lo quiero mucho, pero esta vez no nos estábamos entendiendo.

Así que cambiaste de productor en medio del proceso.

Bueno, Ojo estaba haciendo de ingeniero de sonido y al final acabó produciendo el disco conmigo. Así que nos encargamos nosotros dos. Y tengo que decir que al final hubo algo de bonito en eso, porque yo creo que una grabación de un disco para mí es una relación de amor con mi productor, y con Ojo acabó siendo así.

Me alegra que llegara la cosa a buen puerto. Háblame de la portada del disco, que creo que es bastante enigmática.

El diseñador gráfico tuvo la idea de reflejar la niebla del televisor, y además él cree que yo soy un artista elusivo y “difícil de descifrar”. Tengo que decir que yo no lo veo así, pero bueno.

Otra cosa que te quería preguntar era por el idioma que eliges en cada canción. “La Niebla” es una magnífica canción, que da título al disco, y es la única en español de este nuevo lanzamiento. Algunas canciones muy notables en tu repertorio, como “Margarita y el Volcán”, también son español, pero son minoría. ¿Eliges de antemano si una canción va a ser en español o en inglés, o sale de manera natural?

Natural desde el principio. Si una canción está concebida de una manera determinada, eso incluye el idioma, la propia canción me lo indica. A mí me cuesta menos escribir una letra en inglés, porque he escuchado más música en ese idioma, y porque creo que escribir una letra en español es más difícil.

Pienso lo mismo.

No sé si son la métrica, las consonantes, no sé… Mira, el otro día escuché la primera demo de “La Niebla” y tarareo algunas partes en inglés, aunque yo sabía que iba a ser en español. Pero en cualquier caso, el idioma se sabe desde el principio, y si se tiene que escribir en español, en español será.

Vale, cuéntanos cuándo vas a presentar oficialmente el disco en directo.

Quiero hacer una presentación oficial en otoño, octubre o noviembre. Pero lo más cercano es una fiesta de presentación el 14 de julio. Se hará en el centro cultural La Parcería, habrá un mini concierto y proyectaremos los vídeos que hemos hecho hasta ahora del disco. Será una buena manera de entrar en contacto con este disco.

Los británicos pusieron el broche a sus dos noches en la capital.

Pocos podíamos pensar que aquellos chavales imberbes que triunfaron en 2006 con un debut repleto de singles radiables estarían diecisiete años después llenando dos noches consecutivas todo un Wizink Center y con un sonido en las antípodas de aquellos chispazos que daban con temas como “Fake Tales of San Francisco” o “I Bet You Look on the Dancefloor”. Y es que lo de Arctic Monkeys ha sido una carrera de absoluta creatividad y cintura ancha para moverse por los terrenos del rock en sus distintas versiones.

Arctic Monkeys son lo que quiera Alex Turner, y desde hace un lustro el cantante quiere que su banda se mire en el espejo de los grandes crooners, siendo la influencia de su proyecto The Last Shadow Puppets más que palpable. Ya no buscan la inmediatez, el ganarte por K.O., lo quieren hacer con perseverancia, aunque el arranque del concierto de anoche nos hicieran disfrutar con su cara más rabiosa y electrizante, jugando a la contra de lo que podíamos esperar: una presentación tranquila de su, aún más pausado trabajo, The Car (Domino Records, 2022). Soltar de golpe y casi enlazadas “Brianstorm”, declaración de intenciones como inicio, “Snap Out of It”, “Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair”, “Crying Lightning” y “The View From the Afternoon” fue todo un chute de energía. Pero en este 2023 no solo los de Sheffield han madurado y cambiado su sonido, sino que también lo han hecho sus seguidores; y es que con ese pistoletazo tan efusivo fueron más los que optaron por disfrutarlo vía móvil que entregarse a algún pogo. ¿Qué pensarían sus compatriotas británicos al ver ese momento? Creo que acaba de caerme cerca un mini medio lleno.

Lo que no ha cambiado mucho con respecto a su anterior gira es la disposición del grupo, arropado por tres músicos más, vestidos con elegantes trajes, dejando en el olvido sus desaliñadas vestimentas de juventud. Los monos se visten como refleja su música y Turner es cada vez más un animal de escenario que no duda en poner morritos, tirar de poses gustándose, quizás demasiado, a lo que su legión de fans responde de manera enfervorecida. Poco que objetar.

Tras la tempestad llegó la calma y con ella el introducirnos en el universo creado entre el citado The Car y su antecesor Tranquility Base Hotel & Casino. “Four Out of Five” y “Big Ideas” son la puerta de entrada, un viaje dulce que te atrapa gracias a un sonido nítido, donde los distintos matices se pudieron degustar. Hacía tiempo que un concierto de rock no sonaba tan bien.

De la parte central nos quedamos con la robusta “Arabella” y el guiño juvenil de “Fluorescent Adolescent”; un poco de nervio dentro de la sobriedad instaurada y a la que gran parte de los asistentes contestó encendiendo las linternas de sus teléfonos móviles. Una iluminación del pabellón que se reforzó cuando, poco antes de sonar los primeros acordes de “505”, dos cañones de luz dieron a parar contra una enorme bola de discoteca con la palabra “monkeys”. Todo glamour, elegancia, un dulce paseo entre “Star Treatment” y “Do I Wanna Know?” para llegar a “Body Paint”. ¡Virgen santa qué bien sonó en directo!

Había pasado casi una hora y media y el grupo dio por terminada la primera parte del espectáculo, el cual se completó con un breve bis donde la contemplativa “Sculptures of Anything Goes” se vio superada por la efectividad de “I Bet You Look Good on the Dancefloor” y una “R U Mine?” en la que por fin se pudo ver al público más encendido y devolviendo parte de esta energía que salía por los altavoces. Una velada más que notable en la que pudimos dejar constancia del tirón que siguen teniendo los británicos (¿en su próxima gira se lanzarán a los estadios?), pero donde echamos de menos algún que otro tema más. Un esfuerzo por llegar a las dos horas de concierto no hubiera estado nada mal.

Adelanto de su próximo trabajo Messages to God.

La artista neozelandesa, pero afincada en Melbourne, Sarah Mary Chadwick presenta “Looked Just Like Jesus” como adelanto del que será su octavo disco de estudio. Se trata de una pieza delicada, arropada por la fuerza vocal de Sarah, quien desvela la curiosa anécdota de dónde viene el título de la canción: “Mi madre pensaba que mi primer novio se parecía a una representación artística de Jesús que tenía colgada en la pared de su clase en la escuela católica en la que enseñaba. El Jesús de la pared tenía los ojos azules, el pelo largo hasta el cuello de color arena y la piel dorada. Me gusta hacerme una idea de Dios. Da nombre a un sentimiento de estar enamorado de lo bello que es el mundo”.

Messages to God verá la luz el próximo 15 de septiembre a través de Kill Rock Stars y contará con la producción ejecutiva del galardonado productor Tony Espie (The Avalanches).

Sarah Mary Chadwick – “Looked Just Like Jesus”

Foto de portada por Sian Stacey.

NOSINMÚSICA se acerca y en la mañana del martes once de Julio se presentó en rueda de prensa como uno de los festivales más queridos de Cádiz, tanto por su fidelidad en la continuidad de formato y cartel como por el buen ambiente que siempre crea a su alrededor. Es un festival especial en todos los sentidos porque el público lo disfruta de forma diferente, sin prisas, ni agobios y siempre en la mejor compañía.  En el Muelle Ciudad de Cádiz y con un cartel artístico que se supera cada año se celebrará la 9 edición que será del 20 al 22 de julio. La organización ha presentado hoy de forma oficial en la Casa de Iberoamérica de Cádiz, su apuesta para 2023.

Entre los grandes se encuentran VETUSTA MORLA que vuelven al festival tras algunos años para presentar en Cádiz su último disco “Cable a Tierra”, nominado a los Premios Grammys Latinos, un trabajo donde exploran sonoridades y ritmos de los folclores de aquí y del otro lado del Atlántico. Ellos actuarán en el cierre del festival, el sábado 22 junto al rock americano, R&B y soul exquisito de MORGAN y LA LA LOVE YOU que ya son fenómeno social con “El Fin del Mundo” y no podían faltar en esta nueva edición del festival gaditano. También el sábado actuarán JORDANA B, liderada por la carismática actriz y poeta María Solá, THE ELECTRIC ALLEY, CHICA SOBRESALTO, WE ARE NO DJ’s y NADIE PATÍN que prometen desbordar mucha energía y hacernos saltar para olvidar el calor y lo que haga falta.

El viernes 21 con vistas al Atlántico subirán al escenario LA CASA AZUL, sin duda el grupo efervescente, el que ha conseguido derribar las barreras del comercialismo, para llevar a todos los oídos el bubblegum, el sunshine-pop, el europop y todos esos estilos que merodean en torno a las melodías más hermosas y los arreglos perfectos. Son carne de cañón para NOSINMÚSICA y son uno de los grupazos protagonistas de este cartel. Junto a ellos tomando mucha determinación y con una ascendencia claramente honesta se sitúan el “Cancionero Burgalés” de LA M.OD.A. que se escuchará en el Muelle junto a la voz de oro y platino del cantautor DANI FERNÁNDEZ, el indie-rock ochentero de NIÑA POLACA, el joven dúo musical femenino JUICY, que mezcla pop, soul y jazz junto a otra pareja, esta vez masculina, de lo más refrescante y colorida como son MORREO, se completará la noche con el pop del proyecto de Javier Bolívar (Aurora), NIÑOS LUCHANDO y los locales MAE MINERVA.

El jueves 20 y dando comienzo el festival será una primera jornada musical con un grupo que también vuelve al festival y que este año presentarán su más reciente trabajo, el pop rock fresco y emocional de SIDECARS. Junto a ellos el sabor flamenco de DAVID PALOMAR y la sorpresa de 30s40s50s, una nueva banda formada por músicos reconocidos que mezclan guitarras eléctricas y distorsión con sintes y programación de lo más actual.

Los horarios se anunciarán en breve. Entradas en www.nosinmusica.es

Este pasado fin de semana vivimos una edición más del Mad Cool, esta vez en su nuevo recinto. Para ello nos acercamos a Villaverde Alto, donde el festival más multitudinario de la capital se ha mudado. Un espacio que aparentemente será la casa del festival por mucho tiempo. Hacemos una recapitulación de la experiencia de estos tres días.

Jueves 6 de julio

King Princess

El primer contacto con el festival lo tuvimos con el concierto de King Princess en el escenario Region of Madrid, el tercero en tamaño y quizás el que más conciertos acogió durante los tres días de festival. La cantante neoyorkina encandiló al público con algunos de sus éxitos como “The Bend” (en la que, si entendí bien, un fan se subió a cantar con ella), “1950” o “Talia”, dando un concierto más guitarrero de lo que se podría esperar. Consiguió que nos sintiéramos cómodos a pesar del calor y el sol de justicia.

Media hora después en el mismo escenario empezó Paolo Nutini. Acompañado de una sólida banda y esgrimiendo su voz como un estandarte, Nutini nos llevó por un viaje corto pero intenso a través de sus múltiples universos musicales. Empezó con la sugerente “Afterneath” para enseguida enlazar con “Lose It”, con proyecciones psicodélicas incluídas. Impagable el momento de “New Shoes” en el que gran parte del público (servidor incluído) alzamos al cielo una de nuestras zapatillas, aunque no tuvieran nada de new. La recta final con la preciosa “Candy”, “Iron Sky” y “Shine a Light” fue grandiosa. Nos quedamos con ganas de más.

Tras el concierto del escocés nos dio tiempo para ver el final de la actuación de The Offspring. Se les vió muy animados y bromistas interactuando con el público. En este breve espacio de tiempo disfrutamos de “The Kids aren’t Alright”, y tras de una pequeña pausa, “Blitzkrieg Bop” de Ramones y la eterna “Self Esteem”.

Con The 1975 no llegamos a conectar. Aún así hay que reconocerles una gran puesta en escena y su capacidad de atraer a una auténtica legión de fans. A destacar la gran cantidad de músicos en el escenario (las intervenciones del saxofonista fueron más que notables). Su líder Matt Healy no consiguió mantener una comunicación fluida con el público, a pesar de dirigirse a ellos más de una vez (en un nivel de inglés C2, eso sí). Correctos, sin más.

Sigur Rós

El concierto de Sigur Rós empezó envuelto en un aura especial, como suele ocurrir con cada presentación de los islandeses. Jonsi y sus compañeros nos entregaron una versión reducida de los conciertos de la gira del otoño pasado, haciendo un breve repaso por su discografía pero sin tocar nada de su nuevo disco, el notable ÁTTA. El acertado juego de luces y la presencia magnética de Jonsi, tocando la guitarra con un arco de violín como de costumbre, nos hacían pensar que estábamos viendo algo mágico. El final con “Festival”, “Kveikur” y “Untitled 8”, para enmarcarlo.

Llegamos al primer gran cabeza de cartel de este Mad Cool. Uno no sabía qué esperar de Robbie Williams en 2023, pero hay que reconocer que como estrella que es, salió a por todas. Entró en escena con una energética “Hey Wow Yeah Yeah” a la que le siguió la imprescindible “Let Me entertain You”. Vestido de dorado, muy delgado y expresivo, derrochó energía durante su show, aunque en un determinado momento se tuvo que sentar porque, como comentó, “había pasado un Covid largo”. Habló mucho, quizás demasiado, algo que lastró el ritmo del concierto. Charló sobre Take That, de las fiestas de los 90 y de su culo, que según él ya no es el que era. Hubo momentos en los que pasó varios minutos hablando con seguidores. Hizo una versión muy fiel de “Don’t Look Back in Anger” (¿la mejor canción de Oasis?), la cual nos dejó descolocados, como si escuchásemos una cosa y viésemos algo completamente diferente. Al menos sí que nos llevamos para casa “Kids”, “Rock DJ”, “Feel” y “Angels”. Estas sonaron como un tiro y todos nos sentimos un poco más felices, empezando por el bueno de Robbie.

El broche a la primera noche, en el escenario Region of Madrid, lo pusieron Franz Ferdinand. Fue este el primer momento en el que sentimos problemas de fluidez en el recinto. Había muchísima gente transitando por un camino no muy bien iluminado. Perderse fue fácil y caerse también. Sobre el concierto… qué decir de los escoceses. Han perfeccionado el arte de tocar en festivales, siendo una de las banda más habituales de los carteles en nuestro país. La increíble energía de Alex Kapranos y los suyos, con su extensa batería de hits no dieron respiro alguno. Creo que nunca nos cansaremos de escuchar “The Dark of the Matinée” en directo.

Viernes 7 de julio

Kevin Morby

Comenzamos la segunda jornada en la carpa Ouigo, con la sensación de escapar del sol gracias a la lona, pero sufriendo el correspondiente efecto horno. Esto no evitó que disfrutáramos del concierto de Kevin Morby, que esta vez presentaba “More Photographs (A Continuum)”, la continuación de su reciente álbum “This is a Photograph”. Teníamos muchas ganas de ver a Kevin Morby desde el año pasado, ya que era uno de los artistas programados para el Mad Cool Sunset que finalmente fue cancelado. Kevin empezó con el mencionado “This is a Photograph” (la original, más tarde caería la segunda parte) y con una inspiradora “A Random Act of Kindness” que emocionó a los presentes. Más adelante “Rock Bottom” nos pondría a bailar y “Piss River” a cantar. Un concierto corto y notable, en el que el artista pudo presumir de su estupenda banda (esa violinista/cantante) y sobre todo de tener un magnífico repertorio que no deja de expandirse.

El concierto de Puscifer fue una experiencia extrañísima. A veces fue difícil concentrarse al contemplar la perfomance que se desarrolló sobre las tablas. El retorcido sentido del humor de Maynard James Keenan, en conjunción con su compañera de fechorías, la cantautora Carina Round, no dejaron un momento de relajo. Vestidos con traje y corbata, sus interacciones con los alienígenas que formaron el cuerpo de baile resultaron por momentos absolutamente chanantes. Pero dio igual. Su música es buena, muy buena. Y la banda funcionó como un tiro. La voz de Keenan automáticamente nos hacía pensar en sus otras bandas (Tool y A Perfect Circle), aunque esto fuese otro concepto. A destacar temas como “Bread and Circus” y la fantasmagórica “Bullet Train to Iowa”. Agradecimientos infinitos a Keenan, a Carina, a la banda y a los bailarines extraterrestres por aguantar todo el show a pleno sol con esos outfits.

Con el sol bajando en intensidad, pero aún con fuerza, pudimos ver parte del show de Sam Smith, concretamente las primeras canciones, las cuales resultaron ser muy emocionantes. Con un colorido escenario y una plataforma con forma de buda dorado por donde se distribuían músicos y coristas, apareció el inglés, también con un atuendo dorado. Empezó con los hits “Stay with Me” y “I’m Not the Only One”, dejando el listón muy alto para el resto del concierto. Sam estuvo muy simpático, cantando muy bien, como él sabe; además estuvo mucho menos charlatán que Robbie Williams la noche anterior. Cambió de outfit varias veces, a cual más llamativo, y su show tuvo mucho de reivindicación de la libertad sexual. En resumen, un concierto, lo disfrutado, que fue algo más, con un altísimo nivel vocal y sonoro y un puñado de buenas canciones.

El plato fuerte de la noche fue para muchos Queens of the Stone Age. Largamente esperados, ya que tenían que haber tocado en 2022 pero se vieron forzados a cancelar su gira europea, los norteamericanos arrastraron hordas de fans (entre los que me incluyo). Empezaron fuertes con “No One Knows” y “My God is the Sun”. Cayeron algunos temas del reciente “In Times New Roman”, pero el concierto estuvo vertebrado por los estupendos discos “…Like Clockwork” y “Songs for the Deaf”. Josh Homme estuvo comunicativo y bromista, incluso chapurreando algo de español, mientras caían clásicos como “If I had a Tail”, “Little Sister” y “Go with the Flow”. Su clásico cierre con “A Song For The Dead” fue glorioso.

Mumford & Sons

Ya instalados en los escenarios principales Mumford & Sons desplegaron todo su pop-folk épico para regocijo de sus fans. Precedidos por “Chicken Teriyaki” de Rosalía (chicos, no necesitamos escuchar a Rosalía cada día de nuestra vida. Basta ya) salieron los tres miembros originales acompañados de un guitarrista de apoyo. Sonó “Babel” y después el himno “Little Lion King”, para alegría del respetable. A medida que fue desarrollándose el espectáculo se fueron uniendo músicos sobre el escenario, pudiendo ver cambios en la disposición de los mismos, incluyendo un rato en el que el frontman Marcus Mumford se animó a tocar la batería. La guinda a su concierto la pusieron con unos fuegos artificiales (creo que la única banda de todo el festival que los usó) mientras interpretaban “I Will Wait”.

Con ya pocas energías nos acercamos a escuchar a The Black Keys. Tuvieron algún que otro problema de sonido que nos impidió meternos en el concierto. Sonaron flojos, y a pesar de que había más músicos tenía la impresión de solo escuchar la guitarra y la batería. “Gold on the ceiling” es un temazo, pero sonó deslucido. Abandonamos el escenario después de algunas canciones con una sensación agridulce.

Sábado 8 de julio

Empezamos la última jornada con Years & Years. Fue una pena que su show, altamente cinematográfico, se viera perjudicado al tener lugar de día en un escenario exterior. A veces fue difícil seguir el vídeo-película que hacía de hilo conductor durante todo su espectáculo a causa de la claridad y los reflejos. Olly Alexander y los suyos intentaron dar lo mejor de sí mismos bajo un tremendo sol, pero a pesar de su esfuerzo el concierto se hizo un poco cuesta arriba por las circunstancias. En los musical destacó “It’s a Sin”, versión de Pet Shop Boys, y sus hits “Desire” y “King”.

Touché Amoré

Cambiamos totalmente de estilo y nos fuimos hasta la carpa Ouigo para ver a Touché Amoré. Los californianos salieron a muerte y fueron un huracán durante todo el concierto. Una experiencia increíble y un directo que sobrepasó con creces lo que podíamos esperar. Apostamos a que ganaron muchos fans después de este show.

Pudimos ver el tramo final de la actuación de Liam Gallagher. Fue lo que esperábamos de este referente del rock británico, en un concierto donde las canciones más celebradas fueron las de Oasis y, entre todas ellas, “Wonderwall”. Con una cierta actitud de pub y una sudadera con capucha, a pesar de las altas temperaturas, Liam se mantuvo fiel a su personaje.

Una vez terminó el de Mánchester el gran atasco ocurrió por segunda vez. Unos iban a ver Primal Scream, otros a M.I.A. y un tercer grupo quería coger posiciones para Red Hot Chili Peppers. Nosotros nos encontrábamos en el primer grupo y damos fe de que fue el paseo más agobiante que hemos dado dentro de un festival. Prácticamente no se podía andar, era como si todo el recinto fuera un concierto muy concurrido. De Primal Scream pudimos ver la primera mitad del show. Además de la formación habitual contaron con un coro que encajó a la perfección con algunas de sus canciones, destacando entre ellas su clásico “Movin’on Up”, con el que abrieron el concierto. Después de haber visto en directo al bueno de Bobby Gillespie muy escaso de voz en sus últimas visitas, esta vez estuvo algo mejor. Obviamente no es el de antaño, pero su voz aguantó. Nos quedamos especialmente con el momento de “Jailbird”, con la participación del coro. No hubo tiempo para mucho más.

Llegamos al plato fuerte del día y probablemente de todo el festival. Los legendarios Red Hot Chili Peppers volvían a visitarnos, en un festival masivo y encima en sábado. Ya desde el principio de la jornada notamos que había más gente que en días anteriores, pero no estábamos preparados para la que se nos vino encima. Probablemente este es el concierto más multitudinario en el que he estado. Daba la sensación de que allí había demasiada gente. La organización de Mad Cool lo intentó, contraprogramó a Ava Max y a The Hu durante la actuación de los californianos, pero sirvió de poco. Aparentemente todo el mundo quería ver a Red Hot Chilli Peppers. Salieron Flea, John Frusciante y Chad Smith entre el griterío general y empezaron a calentar el ambiente con una de sus habituales jams. Al rato salió Anthony Kiedis y enlazaron con “Around the World”, “The Zephyr Song” y “Snow (Hey Ho)”…y aquí se acabaron las concesiones por un rato. Parece que los angelinos son muy suyos a la hora de confeccionar sus setlists, y nos ofrecieron un bloque central de canciones que, si no eres un seguidor acérrimo de la banda, te pueden dejar un poco indiferente. Muchas de estas eran de sus dos álbumes de 2022, “Unlimited Love” y “Return of the Dream Canteen”, que no se puede decir que hayan calado mucho entre el público (a pesar de canciones notables, como “Tippa my Tongue” y, sobre todo, “Black Summer”). La cuestión es que en esta parte central del concierto la gente perdió un poco de interés, a pesar de la perfecta ejecución, tanto instrumental como vocal, y el placer que es ver a estos titanes en el escenario. Flea se dirigió un par de veces al público, y aunque entendía solo a medias lo que decía, uno tenía la sensación de ver a un loco gritándolo a la nada. Supongo que es parte del papel. En la parte final del concierto sonaron “Californication”, “By the Way” y el eterno “Give it Away”, consiguiendo devolverle algo de locura a la audiencia. Nos sacudimos la incomodidad, agobios y múltiples pequeños dolores de la última hora y media y bailamos como si nada malo pasara.

Terminado el concierto hubo un rato de verdadera confusión. El estancamiento fue tal que tuvimos que abrirnos paso a codazos, y así conseguimos llegar al escenario Madrid is Life para ver lo que podían ofrecer The Prodigy en 2023. La realidad es que se echa mucho, mucho de menos a Keith Flint. Me quedo con el sentido homenaje que se le hizo durante “Firestarter”, con su inconfundible silueta bailando en las pantallas. Al menos los que quedan (Liam Howlett, Maxim y compañía) ofrecieron un show energético, ideal para descargar adrenalina justo cuando el recinto comenzó a despejarse.

Resumen

LO PEOR: El transporte siempre suele aparecer en esta categoría. El recinto no está tan cerca como parece y las caminatas desde el metro a la ida con sol, y a la vuelta con el cansancio no eran nada agradables. Además, hubo cierta desinformación sobre dónde estaban los autobuses lanzadera para la vuelta. Preguntamos a varios chicos del festival y no lo tenían muy claro, y también preguntamos a algunos policías…¡que nos mandaron al metro! Además, no había carteles que indicaran la ubicación de las lanzaderas hasta que no estabas allí. Pero lo peor con diferencia fue el tema de los baños. No puedo creer que pensaran que un solo sector de baños iba a ser suficiente. Eso estaba abocado al desastre. El resultado fue de muchos asistentes varones orinando contra lonas o contra los servicios de discapacitados, mientras discutían con guardias de seguridad (juro que presencié esta escena). Tampoco las rutas y los corredores entre escenarios eran demasiado fluidos. Además, a ese problema se añadía la poca iluminación de algunas zonas por la noche. Yo, que tengo amplia experiencia en festivales, confieso que lo pasé mal en un par de ocasiones. Por último, y esto se está convirtiendo en una constante en festivales grandes, he vuelto a ver a guardias de seguridad empujando a gente sin contemplaciones porque tienen una emergencia. Justo delante mía empujaron a una chica en el concierto de Primal Scream y la mandaron al suelo. Decidió no denunciar porque suponía que pasaba algo gordo, pero no creo que esas sean formas.

LO MEJOR: La música, siempre la música. El cartel era espectacular, y a los artistas que ya conocíamos tenemos que sumar los descubrimientos. El sonido de los escenarios fue también muy bueno. Yo no estoy muy convencido del sonido del concierto de The Black Keys, pero en todos los demás muy bien. En cuanto a las barras mi impresión fue buena, siendo relativamente fácil pedir siempre y cuando no hubiera un cabeza de cartel tocando. El sistema de recargas parece que funcionó, pese a los problemas de algunas tarjetas en el primer día.

Parece que el Mad Cool ha venido para quedarse en este nuevo recinto. Creo que los problemas son subsanables (menos stands de marcas, más baños, mejor señalización de los transportes). En cuanto a lo musical, …el Mad Cool ya sabe lo que hace.

Galería del Mad Cool 2023

Preventa de entradas a partir del 17 de julio.

Apenas un mes después de sus actuaciones en las ediciones de Barcelona y Madrid del Primavera Sound, Depeche Mode anuncian nueva gira europea para el 2024, en la que afortunadamente aparece de nuevo nuestro país.

Este tramo invernal de la gira arrancará el 22 de enero en el O2 Arena de Londres y aterrizará en España con cuatro fechas: dos en Madrid, una en Barcelona y otra más en Bilbao. Nuevas oportunidades para los seguidores de la mítica banda británica de poder disfrutar de la presentación de su notable nuevo trabajo Memento Mori, así como de su innumerable colección de clásicos.

Conciertos de Depeche Mode en España en 2024

12 de marzo: MADRID (Wizink Center)
14 de marzo: MADRID (Wizink Center)
16 de marzo: BARCELONA (Palau Sant Jordi)
21 de marzo: BILBAO (BEC)

La venta general de entradas para estos conciertos de Depeche Mode en España en 2024 se abrirá el 19 de julio a las 10:00h a través de livenation.es, Ticketmaster y El Corte Inglés, aunque los usuarios registrados en la web de la promotora podrán acceder dos días antes a la preventa de entradas, también a partir de las 10:00h.

Se celebrará los días 1 y 2 de septiembre.

Un año más vuelve el Coca-Cola Music Experience para intentar poner un gran broche al verano festivalero. Para esta edición, que se celebrará los días 1 y 2 de septiembre, el festival se moverá al Nuevo Espacio de Festivales de Madrid (donde se celebrará el Mad Cool) contando con una nómina de artistas de lo más variada y apetecible: desde la consolidada figura de Quevedo, pasando por la norteamericana Ava Max, el rockero británico Yungblud, o la fuerza urbana de Trueno y Villano Antillano.

María Becerra, Lali, Nil Miloner, Maikel Delacalle, Saiko, La La Love You o Vicco son otros de los artistas que formarán parte del cartel de esta decimotercera edición. Una edición a la que aún le quedan nombres por conocer.

Ya puedes comprar tu abono general para el Coca-Cola Music Experience 2023 a través de Wegow a 55 euros más gastos.

Cartel del Coca-Cola Music Experience 2023